• Reacciones adversas a las vacunas para la Covid-19

Las llamadas <<vacunas de ARNm>> utilizan una secuencia genética sintética creada en laboratorio para llevar al interior de las células la orden de producir proteínas espiga (o <<proteínas S>> por la inicial de la palabra inglesa Spike) –algo de lo que se encargan los ribosomas- ya que oficialmente se postula que ésa es la puerta de entrada que utiliza el supuesto SARS CoV-2. ¿Con qué objeto? Pues para que al salir fuera esas proteínas las células inmunitarias las descubran, las consideren extrañas y desarrollen anticuerpos específicos contra ellas destruyéndolas. Se supone que de ese modo el cuerpo desarrolla defensas contra cualquier virus que contenga la proteína espiga y queda <<inmunizado>>.

En pocas palabras, nos presentan la vacuna como si fuera un dispositivo USB que se inserta en el ordenador (nuestro organismo) con una aplicación concreta (el ARNm) que no afectará al disco duro (genoma) al ejecutarse un programa determinado (anticuerpos). Obviamente dando por hecho que el USB no va a darnos problemas porque tenga un <<virus>> (informático) aunque eso no pueda siempre asegurarse. El símil parece convincente y es simple, pero también absolutamente falso porque se está obviando que en nuestras células existen unas enzimas, las retrotranscriptasas, que son capaces de convertir el ARN en ADN. La técnica RT-PCR utilizada para diagnosticar a los afectos de Covid-19 (a pesar de que su propio creador –el Premio Nobel Kary Mulis– y los propios prospectos advierten que no sirve para eso) se basa precisamente en la trancripción inversa de una hebra o cadena de ARN A ADN usando transcriptasa inversa. Nuestro organismo tiene pues mecanismos para transformar ARN en ADN usando esas retrotranscriptasas por lo que afirmar que las vacunas de ARN no pueden alterar el ADN es mentira y de hecho hay un estudio científico publicado que así lo demuestra.

En definitiva, las vacunas no son inocuas por mucho que los grandes medios de manipulación de masas lo repitan una y otra vez. Sus efectos adversos están reconocidos en las propias fichas técnicas y los hemos dado a conocer en varios números. Es pues una manipulación vergonzosa que los vacunólogos y sus testaferros en los gobiernos, los sistemas sanitarios y los grandes medios de comunicación digan que pueden provocar solo hipersensibilidad, dolor, moratón, hinchazón, enrojecimiento, eritema y prurito en el lugar de la inyección así como fatiga, malestar, febrícula, fiebre y escalofríos. La que va inocularse en España a los niños de 5 a 11 años es la de Comirnaty, es decir, la de Pfizer/BioNTech que oficialmente <<solo>> admite poder provocar dolor en la extremidad, náuseas, hipersensibilidad, insomnio, cefaleas, parálisis periférica aguda, artralgias, mialgias, linfadenopatía y anafilaxia.

La verdad, sin embargo, es que según la versión oficial tanto la vacuna de Pfizer/BioNTech como la de Moderna introducirían ARN mensajeros con capacidad transgénica usando liposomas –gotas submicroscópicas de grasas (fosfolípidos y similares)- que una vez en el interior de las células las obligarían a fabricar proteínas “espiga” para que, al ser detectadas, el sistema inmune produzca anticuerpos contra ellas y así el organismo quede protegido. Tal es la teoría pero los hechos ya han demostrado que las vacunas no inmunizan.

Stephanie Seneff y Greg Nigh –del estadounidense Massachusetts Institute of Technology (MIT)- publicaron en mayo de este año (2021) en International Journal of Vaccine Theory, Practice and Research un artículo según el cual las proteínas espiga que producen las células cuando uno se deja inocular una vacuna ARNm se unen a los receptores ACE2 de forma permanente y pueden producir insuficiencia cardiaca, daños en los pulmones, hipertensión pulmonar y derrames cerebrales además de hacer que las células del sistema inmune se vuelvan incapaces de distinguir entre células sanas e infectadas lo que disparará las tormentas de citoquinas afectando a numerosos órganos y tejidos. En resumen, aseveran que la proteína espiga que las células del cuerpo fabrican al recibir el ARN de las vacunas de Pfizer y Moderna tienen efectos más nocivos que la propia proteína espiga del virus. Y aun así se sigue postulando la vacunación universal.

  • Sobre la inmunidad de grupo o <<inmunidad de rebaño>>.

Las autoridades políticas y sanitarias de todo el mundo –con la OMS a la cabeza- aseguraron desde el principio de esta farsa –apoyadas por los grandes medios de comunicación- que “la única solución” para la Covid-19 eran las vacunas e instaron a los médicos y enfermeros a inocular a personas sanas vacunas experimentales cuya seguridad y eficacia se desconocían. Y el personal sanitario aceptó tamaño despropósito a pesar de saber que los propios laboratorios se aseguraron de no poder ser demandados ni tener responsabilidad por los efectos adversos de las mismas desvelando así la confianza real que tenían en su inocuidad: ninguna. Que los sanitarios de todo el mundo aceptaran eso es pues nauseabundo. Y muchos pueden terminar pagándolo muy caro porque las compañías de seguros médicos españolas ya han advertido a los representantes de sus colegios que no van a hacerse cargo ni de su defensa, ni de las posibles indemnizaciones de quienes sean demandados por inocular las vacunas para la Covid-19.

Recuérdese que para convencer a la gente de que se vacunara se la aseguró que solo haría falta inocular a un 30% de la población porque eso bastaría para alcanzar la llamada <<inmunidad de rebaño>> No fue así y entonces argumentaron que el porcentaje necesario era del 50%, luego del 70% y más tarde del 90%. ¿El resultado? No existe inmunidad de rebaño ni con más del 90%. Como la farsa se desmoronaba alegaron entonces que no inmunizan pero hacen que quienes se contagian sufran una enfermedad <<más leve>> cuando no existe ni un solo trabajo clínico ni epidemiológico que avale tal majadería. Se trató de una nueva trola que hasta los médicos, enfermeros y biólogos se creyeron. Lo mismo que cuando les dijeron que si las vacunas no funcionan es porque el virus muta mucho y por eso no son eficaces para las nuevas “variantes”.

Lo hemos dicho innumerables veces: las cifras oficiales no tienen la más mínima credibilidad. En primer lugar, no todos los países tienen sistemas de notificación fiable de reacciones adversas a medicamentos y vacunas. En segundo lugar, hay varios trabajos oficiales publicados y conocidos que demuestran que en los que sí existe ese sistema no se registra más que el 1% de los casos porque a los profesionales sanitarios –como a los ciudadanos- se les ha hecho creer que las vacunas son en general inocuas y cuando ven efectos adversos optan por no relacionarlos con ellas y no notifican nada. En tercer lugar, no todas las notificaciones se admiten; gran parte se rechazan con muy variadas excusas. Y en cuarto lugar, no hay manera de comprobar la veracidad de los datos porque nadie ajeno al organismo que los registra y procesa tiene acceso a ellos. Por si fuera poco, solo se admite una posible relación vacuna-efectos adversos (muertes incluidas) si aparecen en los primeros 21-28 días (depende de los países) cuando está constatado que pueden aparecer meses e incluso años más tarde. La norma es pues una sinvergonzada.

En definitiva, los individuos que han promovido toda esta farsa aseguraron a la población que si la sociedad aceptaba inocularse unas peligrosas vacunas experimentales no aprobadas –algunas tienen una autorización temporal- se alcanzaría la “inmunidad de rebaño” ¡y el tiempo ha vuelto a demostrar –por enésima vez- que mentían!

  • Sobre la ineficacia y peligrosidad de las mascarillas

Las mascarillas que se comercializan para el supuesto SARS CoV-2 no protegen de ningún virus. Ni las <<quirúrgicas>> ni ninguna otra de las que se han puesto a disposición de la sociedad. Sirven solo para evitar que la mayor parte de las partículas procedentes de las fosas nasales y la boca de quien tiene fiebre, habla muy cerca de alguien (a menos de un metro), tose o estornuda lleguen a otras personas. Ponérsela pues para evitar el contagio propio es inútil. Lo mismo que ponérsela si uno está sano y ni tose ni estornuda. Obligar pues a llevarlas a cientos de millones de personas es una imposición arbitraria, estúpida, carente de sentido y médicamente injustificable. Además, pueden perjudicar la salud, a veces de forma grave. (Ver los artículos sobre las mismas)

Es inaudito que no se haya explicado a la gente que la mascarilla con los microfiltros más pequeños es la FFP2 (N95 en América), el diámetro de los mismos es de 0,2 micrometros o micras (es decir, 200 nanómetros) y que el tamaño estándar de un coronavirus es de 100 nanómetros. Por tanto, ni siquiera las mejores mascarillas protegen de un coronavirus ya que en el supuesto de que existieran serían de inferior tamaño.

Además, el presunto SARS CoV-2 no se transmite por vía aérea. Lo reconoció oficialmente desde el principio de la farsa la OMS y así se asevera en su web. Por consiguiente, la posibilidad de que alguien se contagie de ese coronavirus –suponiendo que existiese, algo que nadie ha demostrado- caminando por el monte, el campo, la playa, la calle, un restaurante, un supermercado o una tienda es NULA porque la propia OMS admite que no permanece en el aire, no está en el ambiente. Nadie puede pues contagiarse por cruzarse simplemente con alguien. De hecho se admite oficialmente que para contagiarse uno tiene que recibir las partículas de alguien que estornuda o tose estando a menos de un metro y durante como mínimo 15 minutos para que haya suficiente <<carga viral>>. Que la gente lleve pues mascarillas en los lugares de trabajo, bares, restaurantes, tiendas, centros comerciales, autobuses, barcos o aviones es manifiestamente ridículo. Y es que se requiere suficiente <<carga viral>> (cantidad de virus por milímetro cúbico) para que ello pueda suceder y ¡basta una sola ráfaga de aire para que no sea así!

¿Cómo es pues posible que la inmensa mayoría de la población haya aceptado sin protestar ir durante tantos meses con bozales tan absurdos como ineficaces? ¿Cómo se asume la estupidez de que uno puede contagiar a alguien si atraviesa un bar, una cafetería o un restaurante pero no si al llegar a donde va se sienta? ¿Cómo se asume la memez de que si se sientan cuatro en una mesa para comer no se contagian pero si son cinco o más sí?

Hoy está además constatado que la inmensa mayoría de quienes se han infectado llevaba mascarilla; lo han reconocido hasta los Centros para el Control y Prevención de las Enfermedades (CDC) de Estados Unidos.

Y si grotesco resulta saber que los bozales no sirven de nada más aún lo es saber que el uso continuado de mascarillas es peligroso. Además de infecciones bacterianas en boca y labios se ha comprobado que produce pérdida de energía celular y de oxígeno en sangre que puede llevar a un debilitamiento continuado y a la atenuación de los sentidos así como a una marcada deficiencia de la respuesta inmune. La hipoxia hace caer el pH intracelular con lo que los transportadores de membrana expulsan iones de lactato e hidrógeno al exterior de las células provocando la formación de ácido láctico. Es más, lleva a una inhalación excesiva de dióxido de carbono (CO2) que puede ocasionar mareos, pérdida de consciencia e, incluso, la muerte.

Russell Blaylock, conocido neurocirujano de la Universidad Médica de Carolina del Sur (EE.UU), comprobó por su parte que la mascarilla FFP2 puede reducir la oxigenación en sangre hasta en un 20% y hacer perder la consciencia, algo que ya habría causado accidentes automovilísticos. Y agrega que el riesgo aumenta exponecialmente en las personas con enfermedad pulmonar obstructiva crónica, enfisema, fibrosis pulmonar y cáncer de pulmón o que se hayan sometido a cirugía pulmonar. Deteriora asimismo el sistema inmune al inhibir la producción de los linfocitos T que son los que –así lo aseveran al menos los biólogos- combaten principalmente los virus.

Agregamos que siete médicos españoles, una farmacéutica y una analista publicaron un trabajo titulado Estudio observacional descriptivo. Adaptaciones fisiológicas derivadas del uso de las mascarillas y sus posibles repercusiones en el usuario en el que se midieron los niveles de oxígeno y dióxido de carbono en el interior de los distintos tipos de mascarilla que se comercializan –textil, quirúrgica, FFP2 y FFP3- así como en la sangre de quienes las han llevado largo tiempo y su conclusión es contundente: todas las mascarillas provocan hipoxia (déficit de oxígeno) e hipercapnia (exceso de CO2 en sangre).

Y un grupo de ocho investigadores alemanes del Departamento de Psicología de la Universidad de Ciencias Aplicadas FOM de Siegen (Alemania) dirigido por Oliver Hirsch –su trabajo se publicó en International Journal of Environmental Research and Public Health– analizó los datos de 44 trabajos y las evaluaciones de otros 65 y sus conclusiones son demoledoras. Afirman que tanto las personas sanas como las enfermas que usan largo tiempo mascarilla pueden ver aumentar en sangre el nivel de dióxido de carbono y disminuir la saturación de oxígeno, aumentar la frecuencia cardíaca y la presión arterial, disminuir su capacidad cardiopulmonar y sufrir disnea, dolor de cabeza, mareos, pérdida de concentración, somnolencia, disminución de la empatía, picazón, acné, lesiones e irritación cutáneas, fatiga y agotamiento. Es más, aseguran que a largo plazo puede dar lugar a un aumento de la presión arterial, arteriosclerosis, enfermedades coronarias y neurológicas, inmunosupresión y síndrome metabólico. Y añaden que a nivel celular puede provocar la inducción del factor de transcripción HIF (factor inducido por hipoxia) aumentando los efectos inflamatorios y promotores del cáncer además de agravar cuadros clínicos preexistentes.

  • La verdadera razón de las mascarillas.

Las mascarillas, tapabocas o bozales, en suma, no protegen de los coronavirus. Ya explicamos en su día que lo que se ha pretendido con ellas es:

Generar miedo. Se envía un mensaje inmediato a todo el que contempla una figura humana irreconocible, un rostro oculto que se acerca y te mira mientras estás ingresado en un hospital y te hace preguntar si  se trata de alguien que te teme y se protege o de alguien que quiere protegerte porque tiene miedo de transmitirte algo maligno. El miedo es irracional y las mascarillas lo perpetúan y multiplican de forma emocional y descontrolada.

Conseguir la sumisión. Las mascarillas dejan claro quién manda y quién obedece. Materializa la obediencia incluso para aquellos que han buscado un certificado médico que les exima porque también se han sometido a la autoridad que tiene la potestad de liberarte de la máscara.

Reforzar el dogma de que estamos ante una pandemia. El mero hecho de llevar mascarilla y ver cómo otros la llevan contribuye a interiorizar la idea del miedo a una infección, al contagio, al contacto, a la posibilidad de que el mal se extienda. Refuerza la creencia de que existe un peligroso virus que es la causa de todo y que nadie asuma que puede haber otra causa.

Aseguran un gigantesco negocio. La convicción de que la única manera de salir de esta <<situación>> es una vacuna que fue introducida de forma reiterada en las mentes de la población que la terminó asumiendo acríticamente. Fue así como el negocio de los test, las mascarillas, los termómetros, los guantes, los geles y otros muchos productos se unió el de las vacunas y fármacos. Por inútiles e ineficaces que sean, cientos de millones de personas accedieron para así intentar superar el miedo que se les ha inculcado.

Provoca incomunicación, segregación y deshumanización. Es evidente que las mascarillas contribuyen a incomunicar o dificultar enormemente la comunicación así como a segregar, apartar y discriminar como apestados a quienes no las usan contribuyendo más a la deshumanización de la sociedad.

13) A la ciudadanía se la desinforma y se le miente.

La OMS, las agencias reguladoras, los gobiernos, las autoridades sanitarias, los colegios de médicos, biólogos y farmacéuticos y los grandes medios de comunicación –especialmente las cadenas de televisión- llevan dos años desinformando, mintiendo y manipulando a la ciudadanía. Se hace creer falazmente que las vacunas son seguras y eficaces y se oculta que las propias leyes exigen que cada vacunación la paute por escrito un médico de forma personalizada, que todos los que vayan a inoculársela deben ser antes ampliamente informados de sus riesgos potenciales y, por supuesto, que deben firmar previamente el preceptivo consentimiento informado. Y esa exigencia legal no se está cumpliendo con nadie por lo que puede hablarse directamente de negligencia criminal. Se les ha convencido diciéndoles simplemente que deben hacerlo <<por su bien>> y porque de lo contrario no podrán viajar, matricularse en centros extranjeros o ir a un bar de copas o una discoteca. Es decir, se les está chantajeando.

Y todo esto se está haciendo abiertamente por lo que el silencio cómplice de las autoridades, los profesionales sanitarios, los periodistas, las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado y los fiscales, jueces y magistrados es incomprensible. Como igualmente lo es que el Tribunal Constitucional haya tardado tanto en sentenciar que las medidas adoptadas por los gobiernos españoles –el nacional y los autonómicos- eran ilegales, ya que ilegal era el estado de alarma bajo el que se amparaban. La pretensión pues de vacunar de forma masiva a niños y adolescentes –sin necesidad ni justificación real- y seguir sometiéndoles a la tortura de los bozales y al distanciamiento social es nauseabunda y demuestra que nuestra aborregada sociedad se ha vuelto rematadamente loca.

  • ¿Tiene sentido lo que dice la Virología?

Todo lo antedicho en este resumen se basa en los fundamentos de la Virología y muchas de las explicaciones se enmarcan en un concreto contexto: los virus existen y son agentes patógenos que pueden enfermarnos. Pues bien, no podemos –ni debemos- terminar este texto sin recordar que según el conocido virólogo alemán Stefan Lanka los virus ni son microbios –no son seres vivos-, ni tienen capacidad infectiva por lo que la Covid-19 no puede haberla causado un coronavirus como el presunto SARS CoV-2. Y apoya básicamente sus afirmaciones asegurando que la Virología es una disciplina que carece de fundamento por las siguientes razones:

  • Los virólogos asumen que cuando mueren células in vitro se debe a virus obviando la posibilidad de que sea por inanición y/o toxicidad, errónea interpretación que se basa en un único artículo publicado en junio de 1954 por John Franklin Enders y C. Peebles.
  • Todos los virus se han construido mediante programas informáticos de manera teórica –artificial- usando los fragmentos de material genético que quedan al morir las células. Lo que se hace es alinear a voluntad las secuencias introducidas en el programa hasta construir un genoma que luego se presenta como el del virus. Y para que no se ponga en duda no se intenta recrear esa misma cadena genética larga (el supuesto genoma viral) con el mismo procedimiento pero partiendo de información genética obtenida de una fuente no infectada.
  • La alineación que da lugar al supuesto genoma viral se hace tomando como referencia el genoma de otro virus pero resulta que TODOS los genomas publicados son artificiales, no hay ninguno obtenido por aislamiento, purificación y secuenciación. Y obviamente, con esos fragmentos se puede construir un genoma o varios distintos.
  • Nunca se aislado virus alguno en plantas, animales o humanos; ni en sus partes ni en sus fluidos. Es pues imposible comprobar si alguien está realmente infectado por él.
  • Los virólogos nunca han aislado las supuestas <<partículas virales>> que presentan mediante imágenes tomadas con microscopio electrónico. Tampoco las han caracterizado bioquímicamente ni han obtenido de ellas el presunto material genético viral. Nunca han realizado –al menos no lo han publicado- experimentos de control en los que se demuestre que tras aislar esas partículas haya en ellas las proteínas “virales” adscritas al virus en cuestión (por ejemplo las que se conformen la cápside del virus).
  • Los virólogos interpretan como <<virus>> o <<componentes virales>> lo que en realidad son componentes típicos de células y tejidos moribundos o las estructuras típicas que se forman cuando se arremolinan componentes celulares como proteínas, grasas y disolventes. Y tampoco se hacen experimentos de control realizando el mismo procedimiento pero con células o tejidos <<no infectados>> para comprobar si se aparecen también esas pequeñas burbujas que se interpretan como virus.
  • Los llamados experimentos de contagio que los virólogos llevan a cabo para demostrar la transmisibilidad y patogenicidad de los supuestos virus refutan por sí mismos toda la Virología. Es evidente que en los experimentos con animales que realizan son los propios experimentos los que provocan los síntomas que se interpretan como prueba de la existencia y efecto de los supuestos virus. Por supuesto, tampoco se llevan a cabo experimentos de control consistentes en hacer exactamente lo mismo pero con materiales esterilizados que se presumen como no infectados.

En fin, en ciencia hay una regla básica indiscutible; quien afirma algo debe probarlo de forma clara, comprensible y verificable; lo demás cae en el terreno de la fe. Sin embargo, muchos virólogos llevan décadas violando esa ley con sus afirmaciones y actos, y de ahí que Stefan Lanka asegure que está dispuesto a llevar a tales estafadores ante la justicia dada la crisis en la que por culpa de su falta de ética y principios vive el mundo. Así lo expresa en el libro Corona: Weiter ins Chaos oder Chance für ALLE? (Corona: ¿nos sume en el caos o es una oportunidad para TODOS?).

  • ¿La enfermedad la causa un virus o las radiaciones electromagnéticas de la telefonía?

El biólogo español especializado en Microbiología Bartomeu Payeras i Cifre –profesor de Matemáticas, Física y Química – publicó el 14 de abril de este año un elaborado informe según el cual existe <<una clara y estrecha relación entre el índice de casos de coronavirus y la ubicación de antenas 5G>>. Dos meses y medio después –el 30 de junio- publicaría un nuevo trabajo documentado, serio y riguroso (139 páginas) que sin embargo fue ignorado por nuestras autoridades y los grandes medios de comunicación, que tras dar cuenta inicialmente de él no volvieron a mencionarlo. Simplemente se silenció. Según nos diría entonces a su juicio los casos de afectados y muertos que se achacan a la Covid-19 están relacionados sin duda alguna con las radiaciones electromagnéticas de la tecnología 5G. Pues bien, en diciembre de 2019 su sospecha la corroboraría el Dr. José Luis Sevillano, médico español que trabaja en la población francesa de Tanus cercana a Toulouse, tras descubrir que muchos vecinos afectos de la sintomatología hoy considerada característica de la Covid-19 la sufrían antes de declararse la supuesta pandemia y constatar que ¡donde más enfermos había es donde más antenas de telefonía había!

En enero de 2021 los doctores Beverly Rubik y Robert R. Brown publicarían un trabajo según el cual las radiofrecuencias de las comunicaciones inalámbricas  -incluidas las microondas y las ondas milimétricas-, especialmente las emitidas por la tecnología 5G, están sin duda relacionadas con la Covid-19. El trabajo se tituló Evidence for a Connection between COVID-19 and Exposure to Radiofrequency Radiation from Wireless Telecommunications Including Microwaves and Millimeter Waves (Evidencia de la conexión entre la COVID- 19 y la exposición a la radiación de radiofrecuencia de las telecomunicaciones inalámbricas, incluidas las microondas y las ondas milimétricas), se publicó en OSFPreprints y en él se concluye que las radiofrecuencias –en particular, las de la tecnología 5G- debilitan el sistema inmune aumentando la virulencia de la enfermedad. Es más, afirman que contribuyen a la hipercoagulación, alteran la microcirculación, reducen los niveles de hemoglobina y eritrocitos exacerbando la hipoxia, causan inmunosupresión e hiperinflamación, aumentan el estrés oxidativo y la producción de radicales libres, empeoran las arritmias y los trastornos cardiacos, exacerban la lesión vascular y el daño orgánico y, además, aumentan intracelularmente los cationes de calcio (Ca2)

Cabe añadir que posteriormente el químico y biólogo español Pablo Campra Madrid encontró en varios viales de vacunas 110 objetos micrométricos de los que 8 parecen ser de grafeno –pudiendo serlo igualmente otros 20- habiendo quienes de ello han inferido que se está introduciendo a propósito en las personas a través de las vacunas micropartículas de óxido de grafeno –e incluso otros nanomateriales de tipo ferromagnético- que tras interactuar con nuestro ADN permitirían emitir y recibir señales. Incluso hay quienes aseveran que las mismas pueden captarse a través del bluetooth de un móvil. En el momento de cerrar la revista no estamos aún en condiciones de valorar seriamente si se trata o no de una posibilidad real cuyo fin sería el control mediante métodos informáticos de las personas por lo que no vamos a pronunciarnos.

José Antonio Campoy

https://www.dsalud.com/reportaje/la-farsa-de-la-covid-19/