Los principios democráticos más elementales están siendo devastados por otros tantos con los que no albergan ni la más mínima afinidad, si bien la sustitución se está produciendo a velocidad de vértigo. Unos cambios tan celéricos que escapan al control y a la voluntad de una enorme y creciente mayoría, cuyo destino previsto -al parecer- se resume en tan solo acatar y sobrevivir. Ante un contexto semejante, la democracia pide legitimidad como modelo de convivencia.

Sin embargo, la resistencia democrática demuestra ser uno de los imperativos morales irrenunciables en esta etapa de la historia tan fascinante como, en muchas ocasiones, aberrante. Cada vez más, la ciudadanía muestra su repulsión y disconformidad con los abusos, corrupciones e injusticias que han surgido en el seno de los sistemas democráticos.

La democracia española no es una excepción, pues, más que en crisis, está al borde de la bancarrota. Atravesamos por momentos muy difíciles y cruciales, insospechados hasta hace poco tiempo por la ceguera de un bienestar tan fulgurante como breve. Nuestro sistema político se ha desgastado y su prestigio ha sufrido una severa merma ante una sociedad abrumada por serias dificultades. Frustación, indignación, desapego, deslegitimación, cansancio de retóricas huecas y falsas promesas, o hastío de talantes y carismas estériles que se traducen en insatisfacción y decepción.

A la democracia le faltan algunas piezas: exigencias éticas y control a los políticos; que sean examinados, psíquica y moralmente, por comités independientes; rendición de cuentas y transparencia; ciudadanos críticos, exigentes y activos…

El deseo de cambio se extiende como una mancha de aceite. ¿Ha sido la crisis el auténtico disparadero de esta sensación? Es evidente que el deterioro refleja algo más profundo que una crisis económica, por muy dura que sea. Detrás del «problema de España» hay también mal gobierno, serio menoscabo de la sociedad civil, caída de valores, corrupción y, sobre todo, mal funcionamiento de la democracia.

Democracia Severa analiza con crudeza y trata de arrojar luz al drama, desde la osadía y el rigor.

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