La pregunta que encabeza este texto puede parecer una broma pero resulta que la World Wildlife Fund (WWF) –Fondo Mundial para la Naturaleza– fue fundada en 1961 por Bernardo de Lippe-Biesterfeld, presidente también -hasta su muerte en 2004- de las reuniones del famoso Club Bildelberg que cada año reúne a las 130 personas más influyentes del mundo y nació promovido y financiado por David Rockefeller. Es más, la propia Fundación Rockefeller es la que controla las llamadas Cumbres de la Tierra en las que los grupos ecologistas juegan un mero papel de comparsas. Y por si fuera poco ahora sabemos que Greenpeace tiene estrecha relación con ésta y otras fundaciones; como las de Turner, Marisla y Charles Stewart Mott. En suma, ¿quiénes están detrás de las organizaciones ecologistas que la sociedad cree independientes?

Es muy posible que la conciencia ecológica de muchos de nuestros lectores les haya llevado en algún momento a colaborar o asociarse a alguna de las organizaciones ecologistas activas de nuestro país pensando que así ponían su granito de arena en la conservación del medio ambiente, en la protección de especies en peligro o en otros graves problemas ambientales; quien esto escribe así lo hizo durante un tiempo. Bien, pues a todas esas personas solidarias y sensibilizadas con el entorno va a resultarles chocante saber que el movimiento ecologista lleva décadas instrumentalizado por los grandes poderes económicos a los que dicen combatir y que los grupos más importantes han sido incluso creados y financiados por esos poderes.

Es más, el control del movimiento ecologista no es sino un aspecto de un fenómeno mucho más amplio: el control de los movimientos sociales en su conjunto mediante una estrategia conocida como «fabricación de disidencia» que el economista y pacifista canadiense Michel Chossudovsky explica así: «Los movimientos populares son controlados por los globalistas usando sus propios líderes, quienes se arrodillan ante los controladores. Las élites corporativas aceptan la disidencia y la protesta como una característica del sistema en la medida en que no pongan en peligro el orden social establecido. El propósito no es reprimir la disidencia sino, por el contrario, dar forma y moldear el movimiento de protesta para establecer el límite a la disidencia. Para mantener su legitimidad las élites económicas favorecen formas de oposición limitadas y controladas con el fin de prevenir el desarrollo de formas radicales de protesta que pudieran sacudir los cimientos mismos y las instituciones del capitalismo global. En otras palabras, la fabricación de disidencia actúa como una válvula de seguridad que protege y sostiene el Nuevo Orden Mundial«.

¿Sorprendido? ¿Indignado? ¿Escéptico? Pues continúe leyendo para formarse su propia opinión pero que conste que no hablamos de las innumerables pequeñas organizaciones locales ni del conjunto del movimiento ecologista; ni siquiera de la mayoría de los miembros, asociados, colaboradores o voluntarios de las organizaciones concretas que vamos a analizar. Hablaremos de quienes lideran las más importantes organizaciones ecologistas, las más significativas por su presencia mediática, por el número de sus socios o porque son habitualmente citadas como fuente para las noticias sobre medio ambiente, contaminación, peligros o pacifismo y que, por añadidura, son ampliamente conocidas: Greenpeace, WWF Adena, Amigos de la Tierra o Birdlife International, entre otras.

LOS ORÍGENES DEL ECOLOGISMO

La historia del movimiento ecologista arranca allá por el siglo XVII, es decir, cuando comenzaron a notarse las consecuencias de la revolución industrial que fueron agravándose a medida que avanzaba la industrialización en todo el mundo occidental. Y fue precisamente en Reino Unido, la cuna de la revolución industrial, donde a finales del siglo XIX comenzaron a aparecer organizaciones ligadas a la casa de Windsor supuestamente dedicadas a la protección del medio: la Sociedad Zoológica de Londres en 1830, la Sociedad para la preservación de los canales, los espacios abiertos y los senderos en 1865, la Real Sociedad para la protección de las aves en 1889, la Sociedad Británica para la conservación de la fauna y de la flora en 1903, la Sociedad francesa para la protección de la naturaleza en 1854 y el Sierra Club estadounidense en 1892.

La historia oficial afirma en todo caso que lo que conocemos como ecologismo moderno surge a partir de la devastación de las dos guerras mundiales y de las industrias surgidas para la reconstrucción con los nuevos problemas que ello trajo pero como vamos a ver la verdad fue muy diferente. La primera organización ecologista moderna -que podría considerarse «madre» de otras muchas tan conocidas como Greenpeace o Amigos de la Tierra- fue fundada en 1961: la World Wild Life Found (WWF). Solo que esta organización forma parte de una compleja red de empresas y organizaciones ambientalistas cuyos dueños constituyen -como bien explica en su blog el profesor José Alfredo Elía, autor del libro Superpoblación: la conjura contra la vida humana– el denominado Club de las Islas. Club que según el profesor Elía es «una entidad informal que reúne al poder político y financiero de una red muy extensa de familias reales y principescas de Europa -todas emparentadas- que van desde Grecia hasta Escandinavia. El ‘Oficial Mayor’ de esta entidad es la Reina de Inglaterra, Isabel II, como cabeza de la Casa de Windsor, pero quien realmente ‘corta el bacalao’ aquí es el Príncipe consorte, nuestro conocido Felipe de Edimburgo, fundador y presidente del WWF que actúa como portavoz titular de la política número uno del club: la reducción de la población mundial a menos de 1.000 millones de habitantes en muy pocas generaciones«.

Esas empresas incluyen a Anglo-American Corp y RTC Corp. -primera y segunda compañías mineras del mundo-, De Beers-que controla la producción mundial de diamantes-, Barclays -uno de los principales bancos de Sudáfrica-, Shell -principal productora petroquímica-, Imperial Chemical Industries -a la cabeza del imperio mundial de químicos- y Unilever -la compañía comercial más grande del continente africano-. Incluyendo la red a organizaciones ecologistas como las veteranas Sociedad Zoológica de Londres o la Sociedad de Conservación de la Fauna y la Flora junto a otras modernas: la propia WWF, Amigos de la Tierra, Survival International, Greenpeace, Sierra Club, la revista The Ecologist y muchas más así como organizaciones ligadas a la ONU-, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, la UNESCO y el Programa Ambiental de las Naciones Unidas.

Otra organización clave es el denominado Club 1001 creado en 1971 por el príncipe Bernardo de Holanda con el propósito específico de controlar el movimiento ecologista internacional entre cuyos miembros se hallan los príncipes Henrik de Dinamarca, Sadruddin Aga Khan, Johannes von Thurn y el Rey Juan Carlos de Borbón -que fue por cierto presidente honorífico de WWF en España- así como numerosos representantes de la nobleza europea, empresarios y destacados miembros de poderosas familias de todo el mundo que han aportado millones de dólares para la financiación de las organizaciones ambientalistas que posteriormente utilizan para sus fines a espaldas de sus millones de voluntarios y socios.

AL SERVICIO DE LOS PARTIDOS

Muchas organizaciones ecologistas reciben también dinero de los dos grandes partidos estadounidenses -especialmente del demócrata- a través de fundaciones relacionadas con ellos a cambio de llevar a cabo actividades netamente partidistas o electorales. Un informe del Comité sobre Medio Ambiente del Senado de Estados Unidos elaborado en septiembre de 2004 y actualizado cuatro años después analizaba la actividad política de los grupos ecologistas y las fundaciones que los financian y según ese documento «el activismo medioambiental se ha convertido en una industria milmillonaria en Estados Unidos» Y es que además del dinero que la gente aporta vía donaciones las campañas medioambientales reciben millones procedentes de fundaciones «caritativas» como las fundaciones PEW, Turner o Heinz, millones que acaban invertidos en actividades partidistas a pesar de que la mayoría de esos grupos activistas se presentan como «objetivos, no partidistas, sin ánimo de lucro y dedicados a la protección del medio ambiente«.

El informe menciona concretamente a las organizaciones ambientalistas League of Conservaron Voters Natural Resources Defense Council, Sierra club, Greenpeace y Environmental Defense, organizaciones conectadas a su vez entre sí o con fundaciones «filantrópicas» de diverso tipo. Por ejemplo, el presidente de la Junta Directiva de Greenpeace en 2008, Donald Ross, está relacionado con numerosas organizaciones con actividad política, es miembro de la Junta Directiva de la Liga de Votantes Conservacionistas (LCV por sus siglas en inglés) y es fundador de M+R, empresa que diseña campañas estratégicas para grupos con actividad partidista. La LVC misma fue fundada por David Brower, fundador también del Sierra Club y de Amigos de la Tierra. En el momento de la actualización del informe en 2008 la LVC tenía entre los miembros de su Junta Directiva a John Adams -director ejecutivo y antiguo presidente del Natural Resources Defense Council, a Marcia Aronof -Vicepresidenta de Programas en la Environmental Defense Fund– y a miembros de la familia Rockefeller y asociados: Amigos de la Tierra, Arca Foundation, Global Environment Project Institute, National Parks Conservaron Association, The WHderness Society, American Conservaron Association, Defenders of Wildlife y Center for American Progress, todas ellas conectadas a su vez con senadores como John Kerry o presidentes como Bill Clinton y Barack Obama así como con organizaciones partidistas demócratas o republicanas que se movilizan y gastan grandes sumas de dinero, especialmente durante las campañas presidenciales.

Y estas prácticas no se remiten a los años reseñados sino que han continuado produciéndose; de hecho en enero de 2014 senadores republicanos denunciaron que una tupida red de organizaciones no lucrativas y fundaciones de izquierda así como donantes individuales y activistas podrían haber defraudado a Hacienda al utilizar dinero recaudado para campañas medioambientales en actividades con fines electoralistas. La cantidad total percibida por unas 15 organizaciones estaría en torno a 250 millones de dólares de los que Environment Defense Fund habría recibido 53, Nature Conservancy 58, Center for American Progress 8,3 y el Sierra Club 17,2; todo ello unido a la práctica habitual de «puertas giratorias»» con la Agencia de Protección Medioambiental (EPA) gracias al apoyo del presidente Obama y al dinero de la Rockefeller Family Fund.

GREENPEACE. CORRUPCIÓN Y ESTAFA

El caso de Greenpeace es especialmente escandaloso: la organización ecologista probablemente más conocida por el gran público, más citada en la prensa internacional y con más socios y oficinas repartidas por el planeta es también la que acumula más irregularidades y acusaciones si bien algunas muy difíciles de contrastar: fraude, estafa, manipulación, desvío de fondos, actividades partidistas, delitos contra el fisco, engaño a sus socios… La lista es larga así que citaremos solo algunos ejemplos contundentes.

David McTaggart -que fue uno de los presidentes más emblemáticos de Greenpeace entre 1980 y 1991- había perpetrado varias estafas inmobiliarias cuando llegó a Greenpeace en el momento en que la organización estaba preparando una protesta antinuclear en Mururoa, en la Polinesia francesa. McTaggart aportó un barco para desplazarse al atolón y aprovechó para traficar con relojes suizos. Por su parte, el periodista Bob Hunter, uno de los fundadores de Greenpeace, se convirtió en 2001 en candidato del ultraderechista Partido Liberal de Ontario al que había atacado antes durísimamente en sus columnas. El mismísimo contable de la organización, Frans Kotte, denunciaría que McTaggart y otros directivos, pues tenían cuentas secretas en Suiza.

Los ingresos de Greenpeace se dispararon en todo caso a partir de los noventa con la historia del cambio climático. Greenpeace España ingresó en 1984 por cuotas apenas 34.849 euros pero en 2005 eran ya cuatro millones; y no es sino reflejo de lo ocurrido a nivel mundial pues la organización recaudaba entonces solo con las cuotas ¡480 millones! Desde entonces las denuncias de que tan enormes cantidades de dinero no se destinaron precisamente a salvar ballenas o a luchar contra la contaminación ambiental se multiplicaron. Ya en 1993 dos asesores de Greenpeace Canadá denunciaron que solo se habían dedicado en su país a este tipo de campañas el 5% de los 7 millones de dólares recaudados.

Hoy Greenpeace tiene oficinas en más de cuarenta países y casi tres millones de socios lo que supone unos ingresos de varios cientos de millones de dólares al año solo por cuotas a lo que hay que añadir los royalties por el uso de su nombre; y es que cada filial de la organización debe pagar a Greenpeace International entre el 24% y el 26% -según la fuente consultada- de los ingresos que obtiene por el uso de la marca Greenpeace. Cantidades a las que hay que sumar las que recibe indirectamente de corporaciones multinacionales.

Una de las más terribles acusaciones lanzadas contra Greenpeace -y en este caso refrendada por un tribunal- fue la que realizaron los periodistas Leif Blaedel y Magnus Gudmunsson: demostraron que las imágenes que Greenpeace había difundido para denunciar las cruentas cacerías de focas eran falsas: la propia organización había contratado a las personas que llevaron a cabo la matanza para filmarla provocando con ello la prohibición del comercio de pieles y la ruina de numerosas poblaciones de esquimales. Greenpeace denunció a Gudmunsson -cuyo documental Survival in the high north le valdría el Premio al Periodista del año 1994- pero el tribunal noruego dio a éste la razón en mayo de 1992 lo que llevó a la renuncia del presidente de Greenpeace Noruega y Director de Greenpeace International, Bjórn Óekern.

Y las irregularidades no acaban aquí. Una investigación reciente basada en datos aportados por Activist Cash-un proyecto de la cuestionada organización Center For Consumar Freedom– a partir de los formularios (IRS FORM 990-PF) que toda fundación privada sin ánimo de lucro debe presentar a Hacienda en Estados Unidos declarando el destino de sus donaciones -obligación que no tienen en Europa por lo que aquí sus cuentas no pueden ser examinadas del mismo modo- demuestran que grandes transnacionales del petróleo y de medios de comunicación de masas han donado sustanciosas cantidades a Greenpeace a través de fundaciones que les sirven para evadir impuestos.

Fundaciones entre las que se encuentran la Rockefeller Brothers Fund, dueña de las 34 empresas petrolíferas surgidas de la división de la Standard Oil, entre ellas la multinacional petrolera más poderosa del mundo: Exxon Mobil Corporation. Es más, esa fundación entregó a Greenpeace entre 2001 y 2008 nada menos que 1.150.000 dólares. Por su parte, la Turner Foundation Inc oteada por Robert Edward Turner III -dueño de AOL Time Warner que gestiona la CNN, TNT, Warner Bros, New Line Cinema y muchas otras empresas- aportó 250.000 dólares entre 1999 y 2001. Y otra fundación donante ligada al petróleo es la Marisla Foundation de la familia Getty, dueña de la petrolera Getty Oil-actual Lukoil-que entregó a la organización ecologista 460.000 dólares entre 2001 y 2008. Por último, la investigación menciona los 49.000 dólares entregados en 2002 a la filial rusa de Greenpeace por la General Motors a través de su fundación Charles Stewart Mott, nombre de quien fuera superintendente de la Weston-Mott y uno de los creadores de la General Motors.