Ésta es la historia del ‘maderón’, un material hecho de cáscaras de almendra que permitía soñar muebles resistentes y bosques sin talar. De un diseño español; su creador, Silio Cardona, y la fórmula que no le sobrevivió.

 

06 NOV 2005 – 13:05 CET

Todavía hay quien piensa que la manera más natural y ecológica de amueblar su casa es a base de madera. Como dijo Philippe Starck, es el gran error de nuestra época: ¡qué locura cortar un árbol -tan sanos y tan pocos- para hacer una silla! En los años ochenta, los diseñadores se dieron cuenta de que el problema de la degradación del planeta también iba con ellos y comenzaron a replantearse las cosas. En Italia se propusieron ir más allá de la moda del papel reciclado. Los británicos, a través del Design Council, organizaban las primeras exposiciones de diseños proyectados desde planteamientos ecológicos. Alemania, Francia y Dinamarca fueron pioneras en distinguir con etiquetas ecológicas los productos verdes. Todos se apuntaban a la cruzada medioambiental. A comienzos de los noventa, casi un centenar de expertos y diseñadores europeos publicaron, en un documento teórico llamado la Carta de Mónaco, su compromiso de trabajar para crear un mayor equilibrio ecológico entre los seres humanos y el entorno artificial que habitamos.

El problema era cómo poder hacerlo. El compromiso ecológico era firme, pero estaba todavía muy verde. El Gobierno británico, a través del citado Design Council, ya había encargado a dos grandes consultorías, Michael Peters y Fich-RS, la confección de una base central de datos sobre información medioambiental. Ambas llegaron a la misma conclusión: todavía no había la suficiente información sobre cómo los diseñadores podían ser ecologistas. Más bien al contrario. Ni siquiera tenían una idea clara de lo que realmente era un producto ecológico. En aquel contexto surgió la noticia de que en nuestro país se había inventado un nuevo material, alternativo a la madera, que podía aliviar malas conciencias. Tenía un nombre rotundo, maderón, y aunque resultaba imposible de traducir, no tardó en despertar el interés de todo el mundo. Era originalmente ecológico porque procedía de la propia naturaleza. Se obtenía de la cáscara de las almendras, que no es otra cosa que una madera inerte que se desecha después de haber sacado el fruto comestible. Su artífice fue el ingeniero químico Silio Cardona (Reus, 1950), quien, además de la materia prima, había desarrollado toda la tecnología necesaria para su proceso de fabricación: moldes, prensas hidráulicas y maquinaria específica. Silio inició su proyecto en 1980, desde la fábrica de ataúdes que su familia poseía en Mora d’Ebre (Tarragona), convencido de que la cáscara de la almendra, un subproducto agrícola que no tenía otra aplicación que ser quemado, podía servir para obtener un material de iguales o mejores prestaciones que la madera, y con ello contribuir a que no se cortasen árboles para enterrarlos convertidos en ataúdes. Este móvil ecológico le llevó a descubrir las posibilidades que brindaba el moldeo de una pasta formulada a partir de aglutinar la cáscara, triturada y convertida en polvo, con diversas resinas. El compuesto resultante era un nuevo material que tenía el aspecto y las propiedades de la madera natural además de las ventajas de fabricación por moldeo de los materiales plásticos. Algo así como una madera plástica. Silio Cardona, que era un personaje multitalentoso y singular, miembro a la vez de un grupo de rock y del Patronato Europeo de Pompas Fúnebres, decía que había tenido la idea a los 12 años, cuando solía jugar sobre las montañas de cáscaras que abundaban en su comarca, pero que en realidad él no había inventado nada nuevo. Si acaso había descubierto un alioli mezclado en la proporción justa, porque el maderón se obtenía con ingredientes que ya existían en la naturaleza; en concreto, lignina y celulosa, las dos sustancias básicas de la madera de los árboles, que también se encuentran en la cáscara de los frutos secos. Empleó la almendra por cuestiones prácticas -nuestro país es el mayor productor de Europa-, pero también le podía servir la nuez o la avellana.

Probó con todo durante los más de diez años que invirtió en el desarrollo y la puesta a punto del nuevo material. Había ensayado un maderón a base de huesos de aceitunas, que le daba un color más amarillento. Y trabajaba con otras materias como la paja de los cereales, en un proyecto conjunto de las universidades de Atenas, Quebec, Toulouse y Barcelona orientado hacia el aprovechamiento de este tipo de subproductos para obtener otros composites. Con ello se demostraba que no todos los materiales del futuro tenían por qué parecer de ciencia-ficción. Y mientras científicos japoneses y americanos desarrollaban sofisticadas superaleaciones, un catalán se había servido de una simple cáscara de almendra para revolucionar el panorama de los nuevos materiales. En 1986, el entonces presidente Jordi Pujol le entregó el Premio a la Innovación de la Generalitat de Cataluña. Un reconocimiento que era sólo a título honorífico, porque el apoyo financiero se lo había proporcionado su padre. Sin su ayuda no habría logrado su propósito de moldear un ataúd en menos de una hora a partir de una tecnología propia que abría un infinito universo de aplicaciones en la fabricación de otros productos. Y también un gran negocio.

Silio era un romántico, pero sabía muy bien qué se traía entre manos. En 1991 logró la concesión de la patente para su invención y se lanzó a promocionarla por el mundo. Se le pudo ver, siempre tocado con su sombrero, en programas de televisión tan dispares como el australiano Beyond 2000 y el Un, dos, tres. Mientras tanto iba gestando, asesorado por el economista Eduardo Barrera, la estrategia del negocio, al que en un principio se habían asociado diversos inversores, entre ellos ex jugadores y algún ex entrenador del FC Barcelona. Para explotarlo se creó la empresa Lignocel, SA, que, por una parte, se iba a dedicar a la venta de tecnología, y por otra, a la fabricación propia, con la construcción de una nueva planta de 5.000 metros cuadrados en la localidad aragonesa de Nonaspe. Allí, además de los ataúdes, se iba a fabricar toda clase de diseños.

La coyuntura no podía ser más favorable. La caoba ya estaba protegida por Greenpeace, y Adena-WWF había lanzado una campaña para hacer lo mismo con el roble. Parecía que iba a llegar un día en que el hecho de cortar un árbol para fabricar un mueble se pudiera considerar como un atentado ecológico.

El interés por el maderón entre los diseñadores de todo el mundo fue enorme, y pronto tuvo resultados concretos entre los españoles. Alberto Lievore rediseñó su famosa silla Rothko en el nuevo material. Novell y Puig crearon lámparas. Se fundó una empresa, Gauhaus, para producir los diseños de Gaudí. Incluso se llegó a fabricar un sombrero souvenir para el Museo Dalí. También llegaron los premios para el asiento Silia, proyectado por Joan Biosca junto con el que escribe esta historia, quienes habían tomado las riendas de la promoción del maderón. En el plano internacional destacaba la presencia en importantes muestras, como Mutant Materials in the Contemporary Design, organizada por el MOMA de Nueva York, y los proyectos de una figura de primer nivel como Starck, que por fin había encontrado la forma de diseñar sillas de madera en las que poder sentarse sin tener que sacrificar un árbol. Todo iba viento en popa.

Se acababa de cerrar un primer contrato en Hungría cuando, en octubre de 1997, Silio Cardona murió inesperadamente. Regresaba de noche a su casa de Mora d’Ebre, tras dejar a los clientes húngaros en el aeropuerto de Barcelona, cuando se estrelló a la salida de la autopista. Unos meses antes había fallecido también, por enfermedad, su asesor Eduardo Barrera. De repente, la empresa se quedó huérfana; aun así, el proyecto siguió adelante. Por fortuna se acababa de firmar otro contrato de transferencia de tecnología con Taracea, una joven y entusiasta empresa instalada en Murcia, y allí se trasladó la fabricación de los diseños que estaban en marcha, entre ellos las dos sillas, Miss COCO y Cameleon, que Starck había diseñado, respectivamente, para dos importantes firmas italianas, Cassina y Driade.

Los diseños de Starck, que tenían que haber sido presentados en la Feria de Milán, no llegaron nunca a ver la luz fabricados con maderón. Los italianos se asustaron porque se desató una oscura pugna por la propiedad de la marca y la patente, que acabó en manos de antiguos acreedores de Silio relacionados con los negocios funerarios. Su familia se quedó fuera de juego, y a los murcianos no les quedó más remedio que cambiar de estrategia. Se buscaron nuevos accionistas y se pusieron los recursos necesarios para comenzar de nuevo.

Del maderón no se volvió a saber mucho más. En su lugar surgió el duralmond, que en el fondo presentaba las suficientes diferencias como para no generar un problema de patentes, pero que en la forma tenía el tacto mismo, cálido y amaderado, del maderón original. La empresa italiana Rapsel se volcó en la producción de diseños para el baño, y otro famoso diseñador, Matteo Thun, proyectó una hermosa bañera que se presentó a bombo y platillo, esta vez sí, en la Feria de Milán en 2001, a la par que en la exposición El baño natural, organizada por ArtQuitect en Barcelona durante la Primavera del Diseño de aquel año.

Los nuevos diseños fabricados con duralmond tuvieron una espectacular acogida internacional. Aunque pronto llegaron las malas noticias. De origen técnico. A las bañeras le salían bultos y las sillas se quebraban. Se solucionaban unos problemas y surgían otros. Se trabajó durante varios años hasta que se acabó la paciencia de los inversores y la fe de los que habían trabajado con el material. Había que tirar la toalla y reconocer que Silio Cardona, al que le gustaba hacerlo casi todo personalmente, desde la construcción de los moldes hasta la pasta del material que ponía dentro, se había llevado a la tumba el secreto de su alioli. En Murcia siguen hoy fabricando piezas con duralmond, pero sólo para revestimientos: placas decorativas que no presentan mayores problemas de producción. Los modelos de más éxito comercial son los que imitan antiguos artesonados de techos de siglos pasados. En ellos acaba por ahora el sueño de un invento español que podía haber revolucionado el diseño del siglo XXI.

Todo sobre el ‘maderón’ Su empleo evita la tala de árboles. Para fabricar un mueble de madera hay que cortarlos; para hacerlo de maderón, basta con recoger su fruto.

Naturaleza y Química. Los subproductos de origen agrícola como la cáscara de la almendra son materias inertes compuestas de lignina y celulosa, sustancias básicas de la madera. Esta cáscara (también podría emplearse la de otros frutos secos) se tritura hasta convertirse en polvo y se mezcla con diversas resinas que pueden ser de origen natural o sintético.

Material mimético. La materia prima se moldea sometida a unas determinadas condiciones de presión y temperatura. El compuesto resultante es un producto sólido y rígido que adopta la forma y también la textura superficial del molde. Puede adquirir el aspecto de una madera natural o imitar cualquier otro material como el corcho o la piel.

Densidad variable. Variando la composición de la pasta pueden obtenerse productos de diferente densidad, lo que permite adecuar el peso del producto a fabricar.

Alta resistencia mecánica. Superior a la de los productos fabricados con maderas o tableros convencionales. A diferencia de los plásticos, permite obtener grosor de pared y admite insertos metálicos a modo de estructura.

Resistencia a la intemperie. El maderón es una materia inerte, prácticamente inalterable a la acción del sol y totalmente impermeable al agua.

Resistencia al fuego. Pueden obtenerse desde productos fácilmente combustibles hasta otros ignífugos.

Facilidad de manipulación. Y de acabados. Los productos moldeados admiten todo tipo de acabado final.

España. Principal productor de almendras de Europa. Se extrae el fruto, y el destino de cientos de miles de toneladas de cáscaras no es otro que el de ser quemadas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0006, 06 de noviembre de 2005.

 

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