Miércoles, 29 de octubre de 2008

Texto: Jordi Jiménez Aragón. Imagen: diegonavarro.org cc flickr

He comprobado que algunos de ustedes han leído los tres “capítulos” anteriores de Intolerancia, gracias a algunos comentarios recibidos. Muchas gracias. Tiene más importancia de lo que pudiera parecer a primera vista. También mi/nuestro blog-master, el paciente Álvaro, me hizo recientemente una interesantísima puntualización: había recibido comentarios de algunos de ustedes referentes a que, si bien entraban en el blog y leían sus contenidos, pocas veces dejaban comentario o mensaje alguno. Muchas veces por timidez (me da corte), otras por compasión (¿qué les puedo decir a personas carentes de libertad?) y otras… no lo sé, tampoco importa demasiado. Sus comentarios y mensajes sí que importan. Y mucho. Sobre todo, mucho más de lo que usted, amable lector, puede llegar a creer. Si me lo permite, me explicaré un poco.

En los tres primeros capítulos he abordado aspectos de la intolerancia en los que yo mismo (y por extensión, las personas que cumplimos condena y que por ello nos encontramos en prisión) me he puesto en un papel digamos que de víctima. En algunos aspectos lo soy, lo somos. Bueno, de un modo u otro todos, libres y presos, somos víctimas de una Administración ineficiente. Algunos más que otros, eso es cierto, pero nos toca a todos. Lo que ocurre es que la situación de privación de libertad, contrariamente a lo que refleja la ley (las personas condenadas gozarán de todos los derechos no limitados por su sentencia, en igualdad con el resto de la población), establece un status de inferior categoría efectiva, quiérase o no. Pero ese es otro tema, y más de uno argumentará que “nos lo hemos buscado”, y tal vez no le falte razón. Yo creo que ese es el punto central de este cuarto capítulo de Intolerancia: ¿nos lo hemos buscado?

Me preocupa la intolerancia de los grupos de hinchas de fútbol radicales. Me preocupa la intolerancia de la sociedad que clama venganza en lugar de justicia y confunde ambos términos. Por último (hasta ahora) me preocupa la inoperancia en que se encuentra la Administración en general, y la de Justicia y Penitenciaria en particular, por la falta de recursos reales, como “respuesta” a las políticas gubernamentales (tanto la estatal como la autonómica) sobre materias con poco “eco” electoral.

¿Y qué hay de nosotros, los delincuentes y presos?

Muchos delincuentes (más tarde o temprano serán también presos) justifican —o justificamos, tampoco voy a excluirme expresamente, como si no fuera conmigo— sus acciones, sus delitos, bajo la apariencia de que ellos son en realidad “víctimas” de una sociedad injusta, en la que reinan la insolidaridad, el egoísmo, la marginación social y económica de determinados colectivos de personas y la desigualdad de oportunidades. Todo ello es cierto, y no sólo en parte, sino absolutamente cierto. Pero no es menos cierto que si tal situación fuera tan generalizada como algunas voces pretenden hacer creer, prácticamente toda la clase obrera estaría inmersa en la delincuencia, y no es así. ¿Me equivoco? Incluso en barrios históricamente tan pretendidamente peligrosos como el Barrio Chino de Barcelona, o La Mina, en Sant Adrià (por poner sólo un par de ejemplos conocidos por todos, aunque hay muchos más), los índices de delincuencia, siendo más altos que en otras zonas más “pacíficas”, son minoritarios. Permítanme explicarme mejor. En ningún caso, en ningún barrio, el índice de delincuencia alcanza cotas del 40%, 50%, 60%, o porcentajes superiores. Ello implica que a pesar de todos los pesares, de la desigualdad económica y de oportunidades, de la marginación social, de la escasez de equipamientos de todo tipo en relación con otras zonas no marginales, la mayor parte de la población de dichas zonas es capaz de vivir de forma honrada, sin tener que recurrir a la delincuencia. Si en un determinado barrio o entorno el índice de delincuencia es de, supongamos, el 20%, que sería altísimo, una lectura alternativa nos dice que el 80% de la población de ese barrio o entorno es capaz de vivir honradamente, sin tener que delinquir.

¿Qué hace delincuente a un delincuente? Por supuesto, la droga, que es uno de los factores más importantes. Pero en prisión he tenido ocasión de conocer a muchos delincuentes que no son consumidores de droga, al menos, no de forma habitual. Es cierto que muchos caen en la delincuencia por procurarse los medios con qué adquirir droga, pero también es verdad que no son la mayoría, a pesar de que muchos están interesados en hacerlo creer. ¿Por qué motivo pueden tener tal interés? Un motivo es jurídico: conseguir la atenuación de la pena, pero no es el único, créanme.

Yo soy de la opinión que detrás de todo comportamiento humano hay un trasfondo psicológico, más o menos bien o mal estudiado. En otras palabras, las cosas que nos motivan a hacer o no hacer eso o aquello. Y también soy de la opinión de que en muchos delincuentes existe un factor psicológico que es común a un gran número, prácticamente a todos: la falta de paciencia y el deseo de éxito fácil y, sobre todo, rápido.

Déjenme poner un sencillo ejemplo. Quien puede pagar un recibo a la financiera o al banco de un determinado importe mensual para comprarse un coche podría también ahorrar ese dinero durante equis años y comprar el coche al contado ¿no? El aumento de precio del coche quedaría compensado, a grosso modo, por la falta de intereses a pagar a la financiera o banco y un adecuado aumento de la porción de nuestro salario, en función de la tasa de inflación, que dedicamos al ahorro para poder comprar el coche. Pero todo eso tiene un serio inconveniente para casi todo el mundo: tener que esperar cuatro o cinco años hasta poder comprarnos el coche. Eso es mucho tiempo. Por ello, casi todo el mundo (los millonarios existen, pero no abundan) necesita financiar la compra de su automóvil, a través de una financiera o un banco.

Pues bien, un delincuente es alguien que ante la disyuntiva de ahorrar para comprarse un automóvil (y no pagar intereses pero afrontar la inflación) o comprarlo inmediatamente pero a través de una financiación (con ahorro de la inflación futura, pero asumiendo el pago de intereses), tira por la vía de en medio: o bien roba el coche, o bien atraca un banco para comprar el coche al contado.

¿Cuál es la principal diferencia entre el delincuente y el honrado ciudadano que debe decidir si financia o no la compra de su automóvil? El ciudadano honrado espera pacientemente unos cuantos años (si escoge la vía del ahorro) o se compromete con un tercero durante otros tantos años (el banco), a cambio de disfrutar del automóvil de sus sueños. El delincuente no puede esperar, ni quiere comprometerse durante demasiado tiempo. Como el delincuente forma parte de la sociedad tiene las mismas necesidades que cualquier otro miembro de la misma, pero no puede o no quiere afrontar la satisfacción de esas necesidades en la forma en que se acostumbra a hacer por la mayor parte de la masa social. No puede esperar. No quiere comprometerse. No está dispuesto a vender su esfuerzo diario por un salario frecuentemente más bajo de lo que se merece, ni a levantarse cuando aún es de noche para acudir a un puesto de trabajo, o aceptar órdenes de un jefe.

La mayor parte de los delincuentes pertenecemos a sectores sociales que no gozan de buena parte de los beneficios que la sociedad nos ofrece. De los pobres, para entendernos. Cierto es que aún en los ricos hay delincuentes, pero son siempre hechos puntuales, la excepción que confirma la regla. Y aunque también abundan los delincuentes de clase media, hay mucha más distancia actualmente entre la clase media y la clase alta que entre la media y la baja. Se podría decir que la clase media está compuesta por una especie de “pobres favorecidos”. Pero, repito, no es objeto de mi atención en este cuarto capítulo el aspecto social de la delincuencia, aunque reconozco que habría tema para mucho más de un capítulo.

Muchos presos hablan frecuentemente de los beneficios penitenciarios (en sentido amplio, los permisos, el tercer grado y la libertad condicional) como de “lo que les pertenece”, como si hubiera una obligación por parte de la Administración penitenciaria de conceder esos beneficios. Los presos que argumentan así están equivocados en más de un aspecto. Por otra parte, en todo el proceso penal (detención, investigación, juicio, sentencia y cumplimiento de la condena) hay una parte mucho más olvidada de lo que podría parecer a primera vista, que no es otra que la víctima.

Ante un delito, toda la maquinaria penal se apresura (es un decir) a conseguir una condena, y con ella, alejar al delincuente de la calle, convirtiéndolo en un preso. Se reconoce el daño que ha hecho, pues para ello se le impone la pena, pero con frecuencia se olvida a las víctimas. Se llega a suponer que con la condena han quedado satisfechas, o por lo menos, tendrían que haber quedado satisfechas.

Creo que el asunto central de la cuestión es ese. Por una parte, una serie de personas deciden que no quieren esperar, ni someterse a determinadas circunstancias (trabajo, disciplina, esfuerzo, etc.) para conseguir lo que anhelan, ya sea droga, dinero, lujos o una vida llena de emociones. Por ello, deciden que deben cometer delitos y los cometen. Pero todo delito comporta un abuso, y con el abuso una víctima, o varias. Se persigue el delito, se enjuicia y se castiga, pero nadie se ocupa de la víctima una vez concluido el proceso. Si ese proceso fuese eficaz, si las cárceles cumplieran con la función que la Constitución y las leyes le confieren, y se dedicasen a rehabilitar presos y a reinsertarlos como personas en la sociedad en que cometieron sus delitos, podríamos decir que las víctimas pueden darse por satisfechas con las condenas conseguidas.

Pero desgraciadamente no es así. Nadie puede asegurar a una víctima que no volverá a serlo, ya que el índice de reincidencia de los delincuentes es elevado. Pocos se “conforman” con un delito en su vida. Y recordemos que todo delito conlleva al menos una víctima. Por tanto, es fácil identificar reincidencia, en el sentido de varios delitos, con varias víctimas. La reflexión que de esta problemática le corresponde a la sociedad y a la Administración penitenciaria ya quedó bastante reflejada en el capítulo III anterior. Ahora corresponde ver la otra cara de la moneda.

¿Cuántos delincuentes son capaces de entender que sus actos —los delitos—generan desconfianza, miedo y dolor? En ocasiones escucho el argumento de algún ladrón: “yo no he matado a nadie”, como si robar fuera un hecho sin gravedad. Es cierto que robar es de mucha menor gravedad que matar o violar, por ejemplo, pero quitarle toda importancia es negar la realidad de las cosas, pretender que los actos de uno son justificables ante todo el mundo.

Muchos presos asumen la responsabilidad de sus actos, es cierto, pero no lo es menos que en seguida que pueden reclaman sus “beneficios” penitenciarios, para así volver a la calle lo antes posible, a la libertad. Me pregunto para qué. ¿Para volver a cometer más delitos, generar más víctimas, más dolor, más miedo?

La falta de empatía en el comportamiento social del delincuente prototípico es legendaria. Un delincuente es casi siempre alguien que sólo piensa en sí mismo, sin importarle demasiado las consecuencias que sus actos tienen para los demás, incluido las más de las veces su propio entorno. Efectivamente, muchos delincuentes proceden de entornos “normales”, en los que no hay delincuencia, y con su comportamiento hacen sufrir a la sociedad en su conjunto, a sus víctimas, pero también a sus familias y allegados.

Algunos delincuentes no comprenden en toda su extensión el daño causado por mucho que pasen los años. Por fortuna, el paso del tiempo hace que la mayor parte de delincuentes se “calmen” y paulatinamente abandonen el mundo del delito. Pero el daño que se ha hecho queda hecho, y en la gran mayoría de ocasiones es irreparable. No solo el asesinato o la violación ocasionan daños irreparables. Un robo aislado tal vez pueda ser inofensivo, pero en muchos casos los robos no se producen aisladamente. Que se lo expliquen a las joyerías, por ejemplo. Todo delito genera un cierto grado de indefensión en la víctima, mayor o menor en función de distintas variables, y ni siquiera una actuación policial y judicial rápida y efectiva pueden paliar todos los efectos negativos del delito cometido, ya que las actuaciones policiales y judiciales, por veloces y eficaces que sean, son siempre post-delictuales, una vez que el daño ya se ha hecho, y aunque éste se repare, aunque la herida llegue a sanar, no podemos olvidar que toda herida deja una cicatriz.

Todo eso es lo que el delincuente no tiene en cuenta y olvida a la hora de cometer sus delitos. Olvida a las víctimas, a las directas y a las indirectas. Olvida el miedo que genera con sus actos, que obliga a mantener puertas cerradas en pueblos en los que hasta hace poco era costumbre dejarlas abiertas a los vecinos, o a instalar rejas en las ventanas de las casas hasta hacerlas parecer cárceles para gente honrada, por no decir de la alteración de las costumbres de las personas, como pasear con el bolso bien sujeto y siempre del lado de la pared, nunca de la calzada, de la calle.      

La actividad delictiva origina que la parte honrada de la sociedad modifique sus comportamientos generales. Eso tiene un nombre, y el nombre es miedo. El grado del miedo es variable según el tipo de delitos y otros factores, pero lo que ningún delincuente debería olvidar es que por mucho que se repita a sí mismo que lo suyo no es tan grave porque “no ha matado a nadie”, la sociedad le tiene miedo. Tal vez a alguna mente enferma le guste ser temido por los demás, pero estoy seguro que a casi todo el mundo le gusta más la idea de ser amado, o cuando menos, respetado, en lugar de inspirar miedo.

¿Es otro producto de la intolerancia esa actitud, más o menos general, de los delincuentes? Yo creo que sí. Seguramente, quien lea estas líneas no haya cometido jamás ningún delito, o al menos, no ha merecido nunca entrar en prisión para cumplir condena. Le felicito, siga por ese camino. Pero tal vez, sólo tal vez, algún delincuente en activo, quizás alguno de mis compañeros, o algún antiguo delincuente, felizmente ahora en libertad, lea esto. No pretendo que nadie esté de acuerdo conmigo. No pretendo iniciar ningún foro de discusión. No deseo intercambiar puntos de vista u opiniones. No. Se trata de algo distinto. Como dije ya en algún artículo anterior, este blog supone, al menos para mí, una válvula de escape que alivia la presión que día a día se acumula en mi interior. Hay cosas que necesito decir en voz alta, pero sospecho que a nadie le interesa escucharlas, al menos en el patio del módulo, y si alguno me presta alguna atención sospecho que será para, a continuación, venirme con alguna petición de su interés, no con el ánimo de intercambiar ideas. El egoísmo humano alcanza cotas inimaginables en prisión. Si yo les contara algunos ejemplos… ¿Ven? Probablemente dedique un artículo a explicar algunas anécdotas carcelarias que harían reír a más de uno, aunque en el fondo son más bien dignas de compasión. En fin…, a lo que iba, no pretendo descubrir un nuevo continente, ni la vacuna contra la estupidez, ni la verdad sobre el misterio de la vida. Sólo abro un poco la espita de mi caldera para aliviar un poco la presión y con ello evitar que explote. Si no existiera este blog tendría que buscarme otras soluciones. Bueno, ya lo hice en el pasado. Pero estamos en el presente, y este blog existe, y, fíjense, me dejan escribir en él.

De forma que escribo, en primer lugar, para mí mismo. Pero también para usted, amable lector o lectora, y con ánimo egoísta o altruista, le hago partícipe de algunos pensamientos. Estaría bien, estaría muy bien, que a través de estas líneas usted pensara algo sobre ellas. El ¿qué? no importa tanto, ni siquiera el ¿cómo? o el ¿cuándo? Yo creo que es más importante el ¿por qué? Y se me ocurren algunas alternativas de respuesta. En primer lugar, porque tal vez jamás se paró a pensar antes sobre el tema que propongo. O si se paró a pensar, lo hizo desde un punto de vista distinto. Las mejores perspectivas sobre cualquier cosa se obtienen después de analizar y probar distintos puntos de vista, y escoger finalmente el que mejor se ajusta a nuestros deseos ¿no? En todo caso, pensar nunca hizo daño a nadie, y tal vez sea el inicio de algo, llámelo usted como desee.

Tal vez después de pensar, si aceptó usted mi invitación a hacerlo, llegue a obtener sus propias conclusiones, ya sean provisionales o definitivas, y que pueden estar de acuerdo o en desacuerdo con lo que he expresado en este artículo. Bien, sea lo que sea, pruebe a entender esto: si yo hago el esfuerzo de hacerle llegar, en la medida de mis posibilidades, lo que pienso acerca de algo… ¿por qué no intenta usted hacer un esfuerzo semejante? ¿Por qué no me comunica lo que piensa? ¿Por qué no nos permite a todos compartir sus opiniones como yo, o el resto de compañeros que escriben en este blog, hacemos con todos ustedes?

Sus opiniones son valiosas. Entiéndanme. No busco elogios. No busco compasión. No busco ni siquiera empatía. Busco conocer su opinión sobre el tema que planteo, o sobre cualquier otro de su interés. Si usted leyó los distintos capítulos de Intolerancia, ¿por qué no ha de poder decírmelo? Y si en lugar de dejar un comentario prefiere hacer un artículo o reflexión propia, hágalo. Álvaro lo aceptará encantado y lo publicará. Hagamos del blog un lugar de encuentro, un foro de exposición de ideas, un lugar en el que nos encontremos personas libres y personas en prisión. Existen limitaciones, es cierto. Bueno, pues luchemos contra ellas, en forma de no dejarnos vencer por ellas. Un blog como este, en el que sólo se expongan opiniones, por diversas que sean, desde un solo lado, corre un riesgo real y cierto de caer en la endogamia, en la autocomplacencia. Debemos luchar contra ese riesgo. Además, existe otra razón de peso…

¿No se dan cuenta, personas en libertad que entran a leer escritos diversos de personas carentes de libertad, que esta es una de las mejores formas de acortar distancias entre delincuentes y víctimas? Si un delincuente es alguien que no conoce, no entiende, no respeta o no le importa lo que piense y sienta su víctima, pasada, actual o futura, será mucho más propenso a reincidir.

Estamos ante una ocasión única, y las ocasiones existen, sobre todo, para aprovecharlas. Dígannos lo que sea, sobre lo que sea. No escriban sólo para decir que están de acuerdo, o que se solidarizan con nosotros. ¡Qué narices! Hagamos de este blog algo vivo, que permita el crecimiento interior de todos los que participen en él, sin importar desde que lado sea, desde dentro o desde fuera. Ahora mismo, no se me ocurre nada más útil para entendernos mejor entre todos nosotros. Tenemos la posibilidad. Aprovechémosla. Puede llegar a ser frustrante escribir para que sea el compañero que está al lado el único que opine sobre nuestro artículo.

Además, la mutua comprensión, la mutua colaboración y el intercambio de ideas y opiniones son también, a mi modo de ver, las mejores armas posibles en la lucha contra la intolerancia, sea cual sea su origen o su destino. ¿A qué sí?

Fin del capítulo IV

PeatoNet, Una red de personas: 10/01/2008 – 11/01/2008

11/08/2021