Qué pasa en España con la contaminación atmosférica: tres de las diez peores ciudades europeas están es el país y hay buenas razones para tomárselo en serio

20 Enero 2021

 Javier Jiménez @dronte

Madrid sería la ciudad europea con mayor mortalidad provocada por la contaminación atmosférica según una revisión internacional de más de 1.000 ciudades del continente elaborado por el Instituto de Salud Global de Catalunya que publica The Lancet. Barcelona, la sexta y Mollet del Vallès, también en Cataluña, la séptima.

Los datos son de 2015. Es decir, pese a que estas semanas la situación del aire de Madrid ha vuelto a ponerse de actualidad, no tiene demasiado sentido sacar conclusiones actuales en base a este trabajo. Sin embargo, nos permite preguntarnos por qué, aunque España tiene algunos de los aires más puros del mundo, Madrid (y las ciudades españolas) sobresalen en la lista de peores ciudades europeas.

¿Qué le pasa a España con el aire?

En muchos sentidos, «Spain is different» cuando hablamos de contaminación atmosférica. Hay, tradicionalmente, tres problemas que influyen de forma decisiva con los altos niveles de contaminación atmosférica: el problema del parque diésel, la concentración urbana y la geografía del país (con sus peculiaridades climatológicas asociadas).

El problema de los diésel no tiene más de 35 años. Pese a que el motor diésel se inventó en 1893, durante la mayor parte de su historia eran motores con poca potencia en relación a su cilindrada. Eso los hacía fantásticos para  situaciones en las que no se necesitara mucha aceleración, pero sí mucha fuerza; es decir, para camiones, autobuses y maquinaria pesada, pero no para utilitarios. Aunque los primeros turismos diésel datan de 1936, fue muy raro verlos en algo que no fuera un taxi hasta los años 90.

En ese momento, se hicieron más pequeños, ganaron potencia y su robustez y durabilidad los hicieron muy populares. Hasta el punto de que hubo épocas en las que, empujados por una serie de políticas públicas muy marcadas, todo el mundo quería «dieselizarse». Y eso se nota en la composición del parque móvil: En España se han vendido más diésel que gasolina durante años. En los últimos años esas tendencias empiezan a cambiar, pero las circunstancias socioeconómicas no parece que vayan a ayudar a renovar rápidamente los coches del país.

En los últimos años, muchos expertos ponen en cuestión el papel de calefacciones, calderas y sistemas de climatización en la contaminación de la capital. Es muy probable que el «experimento natural» que supuso el confinamiento de marzo de 2020 permita, en un futuro, conocer mejor la contribución de cada fuente de polución a la atmósfera madrileña. No obstante, aunque a efectos de políticas públicas esto es crucial, a la hora de entender el problema podemos unificar diésel y climatización en un único problema.

Vivir pegados. España no fue el único país donde el boom del diésel ocurrió. Sin embargo, el problema es más marcado porque nuestra población está muy concentrada en el territorio. Nuestro país es el cuarto país europeo con una mayor «densidad habitada»: pese a tener hectáreas y hectáreas de país, vivimos concentrados en unos pocos lugares.

Es fácil de visualizar usando alguno de los mapas de densidad de población que hay en la red. Si comparamos Madrid con la cuenca del Rurh en Alemania vemos que, pese a tener la misma población, las diferencias en concentración son abismales. En las afueras de Madrid lo que abundan son las zonas blancas, mientras que en esa zona de Alemania el rojo y el gris dominan el mapa.

De hecho, analizando los datos descubrimos, no solo que tenemos el punto más densamente poblado de Europa (el Barcelonés), sino que la concentración de la población es una característica fuertemente española. De hecho, en Francia (el «reino de diésel» casi por definición) solo hay problemas en París y sus inmediaciones. Problemas que, en todo caso, son menores que en España y una comparativa con los patrones poblacionales a los lados de los Pirineos permite visualizar la poca dispersión que existe entre ambos países.

Cuando hablamos de mortalidad asociada a la contaminación atmosférica, tener muchos coches y calefacciones (es decir, muchas personas) concentrados en el mismo lugar es un problema. Eso hace que, aunque haya países con problemas de contaminación atmosféricos realmente salvajes, nosotros salgamos malparados.

Una orografía complicada. Entre esas particularidades que tiene España hay una sobre la que se reflexiona poco: somos un país con una altitud media muy elevada. Sobre todo si la comparamos con el resto de países grandes de nuestro entorno. En los grandes países de Europa solo Suiza y Austria tienen una altitud media superior a España (y Madrid es la capital europea más alta). Esta orografía accidentada hace que el viento se encuentre muchos obstáculos y que se produzcan inversiones térmicas bastante a menudo.

Esto es algo que, como explicaba Andrés Rodriguez, afecta especialmente a un Madrid encajonado entre sistemas montañosos. «Cerca de dos tercios de la Comunidad de Madrid están en una gran cubeta sedimentaria, conocida como la Cuenca de Madrid, limitada al norte y oeste por el Sistema Central (Gredos, Guadarrama, Somosierra), al este por la Sierra de Altomira, y al sur por los Montes de Toledo. La misma ciudad de Madrid se encuentra inmersa en esta vasta depresión».

Esta situación encajonada, la distancia con el mar y al efecto de ‘isla de calor’ que reduce el nivel de humedad no ayudan a tener niveles bajos de contaminación atmosférica. No obstante, esto debe entenderse más como un «problema a resolver» que como una excusa. Barcelona sí está en la costa y, pese a que la Sierra de Collserola hace de ‘barrera natural’ para muchos vientos, muchos de los condicionantes que afectan a Madrid (o a Mollet) no se dan — aunque otros, como la concentración o la escasez de lluvias, se dan con mayor fuerza).

Imagen | Libertinus

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