A finales del siglo XVI, según distintos documentos comerciales, se calcula que había en la península ibérica más de sesenta mil esclavos. Muchos eran bereberes y guanches (antiguos aborígenes de la isla de Tenerife, Canarias y España), pues eran preferidos por su piel más clara.

Los amos hispánicos evitaban en lo posible adquirir esclavos de raza negra, pues llamaban demasiado la atención. Estos eran embarcados en espantosas condiciones hacia las Américas para convertirlos en mano de obra para la agricultura y otros duros trabajos. En este trasiego, España tuvo sus polos esenciales en los puertos de Barcelona, Sevilla y Cádiz, ciudades en las que a principios del siglo XVII el porcentaje de población esclava llegó a ser del 10 %.

“El esclavo es el siervo, el cautivo, porque no es suyo, sino de su señor, así que le es prohibido cualquier acto libre”, proclamó el escritor y lexicógrafo Sebastián de Covarrubias en 1610.

Legalmente, la condición de esclavo era igual a la de un objeto a comprar o vender sin matiz moral alguno. Su precio dependía de la edad, la salud y las cualidades físicas. Si carecía de fuerza o estaba demasiado enfermo para trabajar, su amo lo vendía a precio de ganga o le daba una libertad de la que ya no disfrutaría por ser viejo o estar casi moribundo. Estas circunstancias aparecen en facturas, cartas de compraventa y documentos que se conservan en archivos públicos y privados.

SABEMOS POR LA LITERATURA Y LAS CRÓNICAS QUE EN NUESTRO PAÍS, como en el resto del mundo, la esclavitud siempre existió. Había estado presente en la España prerromana y lo estuvo con los romanos, que esclavizaron a parte de la población autóctona.

A la izquierda, cuadro del pintor sevillano del siglo XIX José Jiménez Aranda Unaesclava en venta (1892). De Sevilla era también Bartolomé Estéban Murillo (1618-1682), autor de la obra Tres niños -abajo-. Por esa época había un 10% de población esclava en la ciudad.

Sus esquemas y leyes serían heredados por los visigodos, cuya legislación fue tipificada por el rey Recaredo tras convertirse al cristianismo. En esos escritos, los conceptos de esclavo y siervo quedan difuminados; ambas figuras encajaban en el llamado clientelismo germánico, antecedente del feudalismo. Toda esa legislación, con su esencia romana y sus peculiaridades visigodas, pervivió en los siglos de dominio musulmán, en los que hubo un constante apresamiento e intercambio de cautivos entre cristianos e islámicos.

En la España árabe se dejaban sentir influencias orientales. Había eunucos a cargo de los harenes y era habitual la compra de niños des-tinados a la servidumbre. Por otra parte, en al-Ándalus, como en el resto de mundo islámico, eran muy apreciados los esclavos de cabello rubio y ojos claros, que solían ser de origen eslavo.

En la prensa española del siglo XIX aparecían abiertamente en la sección de anuncios ofertas de compraventa de mercancía humana.

DE HECHO, ALGUNOS LINGÜISTAS SOSTIENEN QUE LA PALABRA ESCLAVO VIENE DE ESLAVO, DEBIDO A LA MASIVA CONVERSION A LA ESCLAVITUD de gentes del este de Europa por los pueblos germánicos medievales. Sin embargo, no hay unanimidad respecto a esta teoría. En todo caso, esos contingentes rubios ya se habrían mezclado con el resto de la población al final de la Reconquista, y fueron sustituidos por las etnias no blancas que empezaron a ser vendidas en suelo peninsular a partir de los siglos XIV y XV En 1487, tras la toma de Málaga, el rey Femando el Católico esclavizó a toda la población de la ciudad como castigo a su dura y violenta resistencia. Más de cuatro mil fueron vendidos por la Corona para sufragar el elevado coste de la contienda. Una tercera parte fue intercambiada por cautivos cristianos y la otra tercera parte se convirtió en regalos a nobles y altos clérigos. Cien de ellos acabaron siendo propiedad del papa Inocencio VIII.

Hay que señalar que España no fue entonces —ni sería después— la más esclavista de las potencias colonizadoras europeas. De hecho, entre las limitaciones económicas establecidas por el Tratado de Tordesillas, firmado por nuestro país con Portugal en 1494, se contaba la prohibición del transporte de esclavos desde África, con lo que la gestión del comercio humano fue cedida a otras naciones, sobre todo Inglaterra y Holanda. Después, el tráfico negrero pasó a estar en manos de potentados norteamericanos, algunos de ellos reconocidos abolicionistas. Fue un negoció muy lucrativo que daría lugar a inmensas fortunas de familias que hoy ocupan el ranquin del poder económico.

Tras tomar Málaga en 1487, el rey Femando el Católico esclavizó a toda la población como castigo a su resistencia

  

Sobre estas líneas, desembarco de un gruò de esclavos en el puerto de Cádiz, según un grabado español del siglo XIX.

Un terrateniente examina la condición física de sus trabajadores forzosos en una plantación azucarera de Cuba en 1837.

Y es que el precio de los esclavos no dejó de subir desde el siglo XIV. En España se incrementó sobre todo a lo largo del siglo XVI. Si un individuo costaba 20 ducados en el año 1500, aumentó a 50 en 1530, a 64 en 1570 y a 80 en 1595. En uno de los destinos más significados para la mano de obra esclava, las minas de mercurio de Almadén, el coste a principios del siglo XVII era de 100 ducados por cada hombre. Allí trabajaban duramente unos 160, que eran alojados, en las escasas horas de descanso, en la llamada Real Cárcel de Forzados. Y eso pese a que los gestores de la mina, los banqueros Fugger (castellanizados a Fúcar), riquísima familia alemana precursora del capitalismo moderno, mostraron su preferencia por los contratados libres, que a cambio de un sueldo realizaban faenas mucho más efectivas, o por condenados de la justicia, ya que mediante el trabajo rebajaban su condena. Respecto al origen étnico de los esclavos peninsulares, había sobre todo negros africanos, berberiscos y turcos. Fue significativo en el siglo XV el número de guanches, apresados a medida que avanzaba la conquista de las islas Canarias. Según el historiador Antonio Domínguez Ortiz, “solo en la isla de La Palma hizo Alonso de Lugo 1200 esclavos, y muchos más llegaron a España de La Gomera y Tenerife”.

LA LLEGADA DE NEGROS SE INICIÓ A PARTIR DE LAS INCURSIONES DE LOS PORTUGUESES EN ÁFRICA. En 1444 trajeron a 235 hombres a España. Las buenas perspectivas del incipiente negocio, que daría forma a una esclavitud más racial, animó a los comerciantes lusos a re-clamar como suyo el monopolio esclavista en la Península* algo que conseguirían en el tratado de paz firmado entre los dos países en Aleado vas, en 1479. Los nativos apresados a tal fin procedían de áreas africanas que se convertirían en colonias portuguesas, como Cabo Verde, Angola y Mozambique. Ese trasiego comercial humano convirtió Lisboa en uno de los principales emporios europeos de la esclavitud de raza negra. Desde la capital lusa, muchos fueron llevados a Sevilla, donde eran vendidos en diversos mercados y lonjas, lo que dio lugar a que el mayor número de cautivos negros se concentrase en Andalucía y Extremadura.

Al ser más longevas y poder traer al mundo hijos destinados a ser siervos, las mujeres estaban muy bien cotizadas en el mercado

A veces había tantas o más mujeres que hombres. El destino de ellas era casi exclusivamente el servicio doméstico, pero no por eso resultaban más baratas, pues su cometido solía ser muy eficiente. Además, eran más longevas, menos problemáticas y se consideraba que su presencia añadía postín a las casas señoriales. También la posibilidad de procrear aumentaba su valor, porque el destino de los hijos que parían era la esclavitud, independientemente de que sus padres fuesen esclavos u hombres libres. Los esclavos de segunda generación, ya nacidos en España, eran indefectiblemente bautizados y su consideración como católicos no difería de la de cualquier ciudadano. Llegaron a formarse cofradías de negros y mulatos, como la Hermandad de los Negritos, que se fundó en 1554 en Sevilla y que hoy sigue conservando ese nombre.

MÁS REACIOS A PASAR POR EL ARO DEL CRISTIANISMO ERAN LOS ESCLAVOS BERBERISCOS Y TURCOS, mayoritariamente apresados en batallas y expediciones bélicas, aunque también caían en manos de los entonces numerosos piratas europeos. Consecuencia de su derrota en contiendas navales mediterráneas, hay que destacar las veinticuatro galeras llenas de prisioneros musulmanes -más de 5000-, que fueron llevados al puerto de Sevilla tras la victoria cristiana en la batalla de Lepanto el 7  de octubre de 1571. Otro importante contingente de esclavos salió de los 8000 cautivos resultantes de la toma de Orán de 1508 18000 se habría elevado el total de presos en la llamada Jornada de Túnez, campaña militar con la que el emperador Carlos I recobró la influencia sobre esa tierra. Los de mayor estatus fueron intercambiados por buenas sumas de dinero o por significados prisioneros cristianos retenidos por los islámicos.

A la degradación de la esclavitud fueron también condenados muchos moriscos naturales de tierras españolas cuando llegó el tiempo de su decadencia y represión. A menudo, esa condición se mantendría hasta el proceso de su expulsión entre 1609 y 1613. Así ocurrió con los participantes en la rebelión morisca de las Alpujarras de 1568-1570, aunque la mayoría vivió en una limitada libertad, ya que no podía alejarse de sus lugares de origen. Estos cautivos recluidos apenas fueron reclamados para tareas de servidumbre, porque la esclavitud española había empezado a dejar de ser popular debido a que los trabajadores contratados por sueldos de miseria estaban más motivados. Además, los individuos de origen musulmán eran los que peor fama tenían. Esto escribió el historiador Cristóbal Suárez de Figueroa en 1615 sobre ellos: “Suelen salir infieles mal intencionados, ladrones, borrachos, llenos de mil sensualidades y cometedores de mil delitos. Andan de continuo maquinando contra la vida de sus señores; su servicio es sospechoso, lleno de peligro y, así, digno de evitarse”.

Este prejuicio fue abiertamente alimentado por el clero, ya que los moros eran sus enemigos religiosos. ¿Cuál era la reacción de la Iglesia ante la realidad social de la esclavitud? En teoría,una vejación tan inhumana contradecía principios cristianos básicos. Sin embargo las autoridades católicas españolas se aferraron a una aprobación tácita de la esclavitud que venía del fondo de la historia y de la supuesta diferenciación de las especies humanas. Además, los responsables eclesiásticos no les ponían peros a las clases dominantes ni a sus propios intereses, pues había numerosos esclavos en los monasterios, catedrales y obispados desde la época visigótica.

En la península ibérica se prohibió el tráfico humano en 1817, aunque siguió siendo legal la tenencia de esclavos

Es cierto que más tarde los lugares gobernados por la Iglesia fueron de los primeros en los que la esclavitud fue eliminada, como sucedió después en otros ámbitos. Muchos esclavos gozaban de libertad de movimientos, porque sus dueños se desentendían de su manutención. Teóricamente trabajaban como asalariados libres, pero el amo se llevaba parte de sus ingresos. De esta forma, algunos lograron pagarse la manumisión para convertirse en libertos. Los moriscos que tras la expulsión decretada por Felipe III en 1609 eligieron entregarse como esclavos fueron conocidos como moros cortados, y siguieron viviendo en Andalucía hasta su definitivo exilio al norte de África decretado por Felipe V en 1712.

Poco a poco, la esclavitud en la península ibérica, que no en las colonias, empezó a decaer a partir del siglo XVIII, como sucedió en otros países europeos inmersos en transformaciones económicas en las que la mano de obra cautiva no resultaba práctica ni ética. Tras la liberación, los esclavos se convertían en ciudadanos libres, aunque sometidos a limitaciones y prejuicios sociales. La mayoría, de etnia berberisca y otomana, se instaló sobre todo en la España del sur, donde su huella puede aún rastrearse en los rostros de muchos españoles. La ausencia casi total actual de mulatos o individuos de rasgos africanos con seculares raíces españolas podría deberse a que casi todos los esclavos de este origen emancipados en los siglos XVIII y XIX prefirieron embarcarse hacia las colonias, donde les resultaba más fácil encontrar trabajo y se sentían más arropados por la presencia de mucha más gente de su raza, sobre todo en tierras caribeñas. A finales del siglo XVIII, por ejemplo, en los mercados de Sevilla ya no se vendían esclavos negros, aunque sí berberiscos, debido a que continuaba la actividad corsaria en el Mediterráneo. Cierto es que en muy escaso número los adquirían señores privados, y generalmente eran destinados a obras públicas, a arsenales militares o a las ya mencionadas minas de Almadén. La condena a galeras, tanto para esclavos como para delincuentes, había sido prohibida en 1748.

Por otra parte, en estos años se inició una movilidad equiparable a la de los trabajadores eventuales. Así, de los más de 1200 esclavos dignados al arsenal de Cartagena, 300 fueron empleados en la construcción del camino desde esta ciudad hasta Barcelona, e igual número se destinó a trazar la ruta desde la corte madrileña hacia el puerto de Guadarrama. Así, en 1786 en el arsenal cartagenero solo quedaban 52 esclavos.

FINALMENTE, EN LA PENÍNSULA IBÉRICA LA PROHI- BICIÓN DEL TRÁFICO DE ESCLAVOS se produjo en 1817, aunque continuó siendo legal su tenencia. En 1837 se elaboró un proyecto para abolir la esclavitud, pero la ley correspondiente nunca fue aprobada. Esta situación ampararía la continuidad del esclavismo en las colonias, en aras de los intereses de hacendados y prebostes (persona que dirige o gobierna una comunidad o una asociación) de aquellas tierras. La abolición, al menos en términos legales, se produjo en Puerto Rico en 1873, mientras que en 1880 se aprobó en Cuba, en cuyo territorio los últimos 25.000 esclavos no fueron liberados hasta el 7 de octubre de 1886. □

Oscuras fortunas labradas en la trata de personas

El lucrativo negocio de la venta de esclavos, sobre todo destinados al mercado colonial americano, procuró pingües ganancias que hicieron millonarias a muchas familias. Sucedió en el Reino Unido, Holanda o Estados Unidos, pero también en España. A pesar del reprochable origen de su riqueza, algunas de ellas accedieron con honores a la alta sociedad y varias siguen siendo poderosas y prominentes en la actualidad.

En 1878, el indiano Antonio López y López fue nombrado marqués de Comillas por Alfonso XII. López y López se había hecho rico con la venta de esclavos, aunque luego diversificó sus negocios y se convirtió en banquero, empresario y senador. Aunque esclavista, tanto él como su heredero Claudio López Bru fueron devotos religiosos. Ambos centraron sus finanzas en la Cataluña del siglo XIX y su desarrollo industrial, en el que invirtieron su fortuna obtenida del comercio negrero otros millonarios como Joan Güell i Ferrer, mentor de Gaudí y promotor del famoso parque que lleva su apellido en Barcelona; o Josep Xifré, presidente de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de esta ciudad, origen de lo que después sería La Caixa.

Antes de ser uno de los fundadores del Banco de Bilbao, germen del actual BBVA, Pablo de Epalza obtuvo su primera riqueza del tráfico esclavista. Y poco importó la venta, compra y tenencia de esclavos para que a la madre de las hermanas Koplowitz, la mi- lionaria cubana Esther Romeu de Juseu, se le concediese el título de marquesa de Casa Peñalver. Tampoco pareció importar a nadie que el segundo marido de la reina María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, Agustín Femando Muñoz y Sánchez, duque de Riánsares, hubiese sido negrero en las islas caribeñas. Del mismo negocio procedía también la fortuna personal de renombrados políticos como Leopoldo O’Donnell y Antonio Cánovas del Castillo.

De izquierda a derecha, el político conservador y seis veces presidente del Gobierno Antonio Cánovas del Castillo (1828-1897) y el empresario Claudio López Bru (1853-1925). Los tres se hicieron millonarios con el tráfico de esclavos.

Ferrer, mentor de Gaudí y promotor del famoso parque que lleva su apellido en Barcelona; o Josep Xifré, presidente de la Caja de ahorros y Monte de Piedad de esta ciudad, origen de lo que después sería La Caixa.

Antes de ser uno de los fundadores del Banco de Bilbao, ger¬men del actual BBVA, Pablo de Epalza obtuvo su primera riqueza del tráfico esclavista. Y poco importó la venta, compra y tenencia de esclavos para que a la madre de las hermanas Koplowitz, la millonada cubana Esther Romeu de Juseu, se le concediese el título de marquesa de Casa Peñalver. Tampoco pareció importar a nadie que el segundo marido de la reina María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. Agustín Fernando Muñoz y Sánchez, duque de Riánsares, hubiese sido negrero en las islas caribeñas. Del mismo negocio procedía también la fortuna personal de renombrados políticos como Leopoldo 0‘Donnell y Antonio Cánovas del Castillo.

Fuente; R. Muy Nº 478/106

26/05/2022