• Pedro Simón
  • Madrid
  • 25 mayo 2019 

Ángeles Pérez, posando en un piso de Entrevías, en Madrid, donde conviven varios presos. REPORTAJE GRÁFICO: OLMO CALVO

 

Se llama Ángeles Pérez, tiene 78 años y siete nietos y lleva décadas dando casa a internos de permiso o que no tienen a dónde ir. Desde violadores hasta ladrones de poca monta.

Cada semana va de visita a tres prisiones y los sábados come con los penados junto a su esposo. «Saben que me parto la cara por ellos».

Cuando el preso Juan Carlos llamó desde la cárcel de Soto del Real a Ángeles Pérez para que le fuera a visitar, la voluntaria entró en el locutorio dispuesta a ayudarle en lo que pudiera.

-¿Cuánta condena tienes? -deslizó después de romper el hielo.

-30 años.

-Bueno, yo no soy juez -le contestó-. Tú me preguntaste que si te podía ayudar y yo te dije que sí. Aquí estoy.

Hablaron un buen rato. Juan Carlos le contó someramente cosas de su día a día y después fue al grano: le pidió a Ángeles que si podía ir a uno de los pisos de su asociación cuando tuviera un permiso. La mujer le dijo que por supuesto. Luego el interno, como dudando, le confesó una cosa.

-Estoy estudiando Psicología porque quiero saber por qué hice lo que hice.

Lo que hizo no lo verbalizó. Buscó en el bolsillo, sacó un papelito, anotó algo y lo acercó al cristal. Había escrito: «Violé a un niño de cuatro años».

Juan Carlos es uno del millar de reclusos que Ángeles Pérez Guerrero (78 años) lleva acogiendo sucesivamente desde hace casi 40. La Asociación Pro Recuperación de Marginados (Apromar) que preside, con sede en el madrileño barrio de Entrevías, dispone de seis pisos y 43 camas. Y todo lo empezó esta mujer nacida en Sorihuela del Guadalimar (Jaén), sin apenas estudios, hija de agricultores, con una marcada conciencia social y que al cumplir los 13 fue puesta a trabajar de sastra en su pueblo.

«Aquel chico salió adelante y estuvo con nosotros en un piso, pero al final murió de cáncer… Lo que le dije a él te lo repito a ti: yo no soy juez de nadie».

Tiene esta abuela de siete nietos un aire a medio camino entre una septuagenaria de brisca vespertina y la Helen Prejean de la película Pena de muerte, aquella religiosa encarnada por Susan Sarandon que trata de consolar a un violador (Sean Penn) condenado a la pena capital.

Pero Ángeles no es religiosa, aunque sí cristiana de base. Pero Ángeles no es de película, sino de carne y hueso. Y de pelo cardado. Y de cadena con crucifijo de oro de toda la vida. Y de rebequilla por encima de los hombros. «Entra, hijo».

Por aquí han pasado de permiso o después de la libertad hasta que encontraron algo, Juan Carlos y su violación infantil; Francisco del Moral, el Robin Hood de los presos, que estuvo casi 40 años encarcelado por más de 200 atracos a bancos y joyerías y que repartía el botín entre los reclusos; aquel chico enfermo por las drogas que trató de matar a su madre.

Pero también ha pasado aquel desgraciado que se tragó un muelle en la cárcel para que le dejaran hablar con Ángeles. O ese otro «chico» de Canarias («al salir no se movía, casi ni andaba ni hablaba, se ponía allí pegado a la pared, acuclillado, le daba miedo sentarse»). O Antonia, que antes de acabar en la cárcel se tiró 20 años poniéndose de todo y que dio con Ángeles en la prisión de Estremera: «Pensaba que su padre estaba muerto y que su familia no la quería. Ahora acaban de cancelarle los antecedentes penales. Y se ha sacado el carné de conductora de autobuses. Hace dos sábados vino a comer… Con su padre y su hermana».

Ángeles, charlando con algunos presos y otros recién liberados, en el piso de Entrevías.

Cuando empecé a ir a la cárcel en los 80, estaban hasta arriba de caballo, se traficaba hasta en la capilla de la prisión

Ángeles Pérez

-¿Cómo empezó todo?

-Al principio comencé con un piso con una sola habitación frente al Hospital Gregorio Marañón.

-¿Te acuerdas de quién lo ocupó?

-Claro. Se llamaba Carlos Alberto. Estuvo preso por traficar. Y además me llamó ayer [se refiere al 12 de mayo], que fue el Día de la Madre en Colombia. Pagó su condena, estuvo en ese piso primero y ahora está en Nueva York trabajando. Un orgullo de chico.

-¿Qué te dijo?

-Que me quiere mucho. Que se le había muerto su madre. Pero que yo era como su madre también.

Pocos puentes se levantaron tan alto con tan poco.

Lo que empezó con una señora de pueblo y una habitación sin más hoy es una asociación con su almacén, su media docena de pisos alquilados (uno de ellos, para mujeres), su psicóloga (Ingrid), su educador (Basilio), su cocinera y ama de llaves (Raquel) y sus ocho voluntarios. Un espacio sostenido por aportaciones de particulares que estuvo a punto de cerrar con la crisis y en el que cada año se disfrutan, aproximadamente, unos 900 permisos carcelarios de distinta duración.

Pero volvamos al principio.

Estamos a comienzos de los ochenta. En las calles corre la heroína y en las prisiones esprinta. Hay zonas en la periferia de Madrid que parecen un campo de batalla medieval con cuerpos caídos, sólo que con jeringuillas en el suelo en vez de lanzas.

«Empecé ayudando en la parroquia de La Estrella. Un día el cura nos dijo que no había voluntarios para ir a las cárceles y yo me ofrecí. Fui al reformatorio de jóvenes de Carabanchel, que estaba pegado a la cárcel. Lo que había en esa época en las prisiones era durísimo. Los chicos estaban hasta arriba de caballo, se veían agujas por todas partes, se traficaba en la capilla de las prisiones, estaban desesperados. Yo iba a verles allí dentro. Muchos coincidían en una preocupación: ‘Cuando tenga que salir, adónde voy a ir, si mi familia no me quiere’».

Así que preguntó, se formó como pudo y en tres años ya tenía en marcha su asociación. En el talego se sabe: si quieren un sitio donde pasar el permiso, si necesitan un astillero después del encierro, están las casas de Ángeles.

«La gente en la cárcel está muy destrozada. Hay personas rehabilitadas, pero no se puede hablar de rehabilitación. Ellos saben que voy siempre, que me parto la cara por ellos. Que voy a hablar con la Audiencia si hace falta, que pido que cumplan aquí la condena cuando se puede. Tú no sabes lo que es ir, escucharles pedir ayuda y yo decirles: ‘Sí, somos capaces’. Les decimos que aquí fuera hay personas que les quieren».

Ángeles es veterana en las siete cárceles de Madrid, ha visitado la de Burgos y la de Sevilla, la de Valencia y la de Alicante, la del Dueso y más. Como si los barrotes estuvieran imantados y ella fuera de hierro. Porque un poco lo es.

Lo escucha todo. Raquel, la cocinera y ama de llaves de Apromar. En lo que va de entrevista, ha asentido decenas de veces.

Ella resume mejor que nadie el espíritu de la casa: estuvo presa cinco años por hacer de mula de la droga y un buen día conoció a Ramón, que estaba preso por lo mismo. «Nos conocimos en esta casa en 2002, nos casamos aquí en 2011, aquí se murió el 8 de agosto, y aquí sigo».

La presidenta de Apromar, sosteniendo la cruz que lleva al cuello.

Ángeles nos trata como a alguien normal, como a personas, nos levanta la moral

WILFREDO, CONDENADO A OCHO AÑOS DE CÁRCEL POR NARCOTRÁFICO

El piso de Entrevías es modesto, ordenado y limpio como residencia de seminarista. Viendo a sus siete ocupantes actuales sentados así en los sofás, el salón te recuerda un poco a esas consultas del médico donde todo el mundo espera pacientemente su receta.

Si no supieses quiénes son, pensarías que esto es un astillero de boxeadores rotos. Manos duras que aprietan al saludar. Ojos que se han comido algún golpe. Y algún que otro diente de menos.

Wilfredo López te resume su biografía carcelaria con uno de esos detalles insignificantes que darían para el comienzo de un libro: cuando entró en la cárcel, se utilizaba un ticket para acceder al metro; cuando salió en libertad, se utilizaba una tarjeta como las de crédito.

Echen ustedes cuentas.

«Ángeles nos trata como a alguien normal y corriente», dice, «nos trata como a personas y eso nos levanta la moral».

La suya se vino abajo cuando ingresó en la cárcel peruana de Sarita Colonia hace ocho años por tráfico de drogas y se vino arriba el pasado 12 de junio, cuando fue extraditado a una prisión española para acabar de cumplir condena. En mes y medio habrá terminado de pagar por aquello, ha hecho un curso de conserje, dice tres veces gracias y dos veces por favor.

-En este piso estáis un turco, un cubano y cinco españoles. ¿Tenéis problemas de convivencia?

-Sí, claro.

-¿Cuáles?

-Los ronquidos.

Los ronquidos de ahora, claro. Y también los sueños de antes. Jorge creía estar cumpliendo los suyos con tanto dinero fácil: su banda se subía a un coche, lo empotraban donde fuera, lo robaban todo y se pulían la pasta después. Lo que hiciera falta. Por 44 alunizajes (44 no es una errata), se ha tirado nueve años preso.

-¿Tú roncas mucho? Dice Wilfredo que roncáis.

-Uy, yo no.

A Jorge le jode un poco contarnos que fue abandonado por su madre, que su padre murió de niño y que toda la familia que le queda es ésta: «El turco, la señorita Raquel y… Ángeles. Si no es por esta gente, habría seguido delinquiendo. He metido la pata en esta casa y me han dado otra oportunidad. Me fui una semana sin dar explicaciones. Volví, me miré al espejo y me dije: tengo que aprovechar esto».

Le deseamos suerte al despedirnos. Contesta: «No, no me hace falta. Lo voy a conseguir».

Se refiere a «conseguir un trabajo», a «tener una pareja», a «vivir con estabilidad». Y también se refiere muy serio a su sonrisa dañada: «Ahorrar lo suficiente como para ponerme el diente que me falta».

Si yo les pido algo, vuelan

Ángeles Pérez

«Me lo trasladaron de cárcel». «Me lo liberaron hace cinco años». «Me lo cambiaron de módulo». «Me le negaron el permiso»…

Escuchándola hablar así, pareciera que Ángeles Pérez fuera madre de ese millar de personas presas que pasaron por alguno de los pisos. Pero hijos-hijos propios Ángeles sólo tiene tres. Tres que conocen bien la pasión de su madre.

No sólo el marido viene los fines de semana a acompañarla para comer con presos jóvenes y viejos, reclusos que lo fueron o que ya no (se juntan hasta 40). Sino que los tres hijos ya saben lo que hay con mamá: a las bodas de cada uno de ellos, Ángeles no sólo llevó un regalo material. También invitó a varios presos.

«Todos están muy bien colocados». No se refiere a los presos, se refiere a los hijos.

«Si yo les pido algo, vuelan». No se refiere a los hijos, se refiere a los presos.

El martes va a empezar en la prisión de Valdemoro. El miércoles va siempre a Ocaña II. Los jueves son en la cárcel de Navalcarnero. No para la mujer de los 78 años.

Son los mil hijos de Ángeles. Tiene universitarios por ahí. Trabajadores artesanos. Pequeños empresarios. Vigilantes. Y más. El taxista que antes fue preso se llama Ángel. El conductor de Uber que antes pasó por la cárcel se llama Juan Luis.

-Riñen mucho, claro.

-¿Cómo van a reñir? Aquí todo es distinto, no es como en la calle: fue Ángel el que me le encontró un trabajo a Juan Luis.

https://www.elmundo.es/papel/historias/2019/05/25/5ce812e221efa0d97c8b4674.html

10/08/2020