Tratan con éxito a pacientes de cáncer desahuciados ¡estimulando sus defensas!

En 1891 el cirujano norteamericano William B. Coley inyectó estreptococos en un paciente de cáncer para causarle erisipela y estimular su sistema inmune… ¡y el tumor del enfermo desapareció! El éxito le llevaría a tratar durante los cuarenta años siguientes a centenares de personas con cáncer óseo inoperable y sarcomas de tejidos blandos utilizando una combinación de bacterias muertas del Streptococcus pyogenes y el bacilo Serratia marcescens -fórmula que terminaría conociéndose como Toxina, Fluido o Vacuna de Coley- con excelentes resultados que se vieron sin embargo oscurecidos por el auge de la radioterapia y la quimioterapia. Pues bien, entre 2007 y 2012 la empresa MBVax Bioscience empezó a distribuir a pacientes de cáncer desahuciados una fórmula similar bautizada como Vacuna Bacteriana Mixta (MBV por sus siglas en inglés) logrando que en el 20% de los casos desaparecieran los tumores y en un 70% hubiera regresión parcial.

El Premio William B. Coley se otorga desde 1993 en Estados Unidos -en honor a William Bradford Coley (1862-1936), responsable durante años de la Unidad de Sarcoma Óseo del Hospital del Cáncer de Nueva York (que más tarde se convirtió en parte del Sloan-Kettering Cáncer Center Memorial)- a quienes destacan por sus aportaciones en el ámbito de la Inmunoterapia Oncológica; es decir, en la búsqueda de métodos que ayuden al propio organismo a afrontar de forma natural el cáncer. Y es que si bien Coley no fue quien descubrió que esta enfermedad puede afrontarse infectando con bacterias a los pacientes para aumentar sus defensas sí fue el primero que optó por tratarlos así de forma sistemática. Obviamente probando distintas opciones hasta que encontró una que le pareció idónea y consistía en la mezcla de dos bacterias muertas: una gram-positiva -la Streptococcus pyogenes y una gram-negativa -la Serratia marcescens– cuya solución inyectaba a los enfermos haciendo reaccionar al organismo con escalofríos y fiebre y aumentando su defensas para acabar con el tumor. Años después los médicos preferirían usar venenos para matar las células cancerosas aun sabiendo que también destruyen las sanas y abandonaron mayoritariamente la estrategia de potenciar el sistema inmune. Sabiendo que es peor solución pero económicamente mucho más rentable.

Pues bien, casi un siglo después, constatado ya el fracaso de la quimioterapia, los oncólogos se han visto obligados a cambiar de estrategia y a buscar métodos para reforzar el sistema inmune. Sin duda porque los pésimos resultados que se obtienen con la quimio -como con la radioterapia- son ya difíciles de ocultar. Eso sí, apostando por métodos patentables y no por soluciones naturales y económicas. Coley conseguía buenos resultados, sin embargo porque al infectar a los pacientes ponía en marcha los mecanismos de defensa del organismo; entre ellos la fiebre y la inflamación; porque aunque ambas reacciones han sido demonizadas por la industria farmacéutica para vender antipiréticos y antiinflamatorios –sólo son necesarios en casos extremos– lo cierto es que son mecanismos de autorreparación.

La Dra. Pilar García Barreno -de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales– lo reconoce abiertamente: «La inflamación es la respuesta del sistema inmune al daño causado a sus células y tejidos vascularizados por patógenos bacterianos y cualquier otro agresor de naturaleza biológica, química, física o mecánica. Aunque dolorosa, la inflamación es normalmente una respuesta reparadora«.

Y otro tanto cabe decir de la fiebre. Esto es lo que dice sobre ella el Dr. Stanley Robbins en Pathologic Basis of Disease, uno de los manuales clásicos de la medicina actual: «La fiebre es una de las más prominentes manifestaciones sistémicas, especialmente cuando la inflamación se asocia con bacteremia. La bacteremia generalmente induce fiebre con un dramático subir y bajar de la temperatura produciendo los llamados picos en la gráfica de la temperatura. En la actualidad la fiebre es sin embargo considerada a menudo algo desagradable e innecesario que promueve un estado debilitante y debería pues prevenirse. Una ‘culpabilidad por asociación’ que sigue firmemente arraigada en la mayoría de las áreas de la actual medicina. Posición que no siempre fue así; Parménides, que vivió entre el 540 y 480 a.C., ya dijo ‘Dadme el poder para inducir fiebre y curaré todas las enfermedades”.

LA ERISIPELA ANTES DE COLEY

Nacido en 1862 William B. Coley se graduaría en la Facultad de Medicina de Harvard en 1888 pasando pronto a trabajar como ayudante en el servicio de cirugía del ya citado Hospital del Cáncer de Nueva York y una de sus primeras pacientes -la atendió en 1890- fue una joven de 17 años llamada Bessie Dashiell cuya mano había quedado atrapada entre los asientos de un vagón de tren a la que tras un mes de intensos dolores le aparecería un sarcoma, tumor óseo maligno muy agresivo. Dada la gravedad del caso se optó por amputarle el antebrazo pero al cabo de diez semanas murió de metástasis generalizada provocando su muerte una conmoción tan profunda en Coley que se dedicó a buscar casos similares con finales diferentes. Sería así como encontraría en los registros de su propio hospital el caso de un paciente que siete años antes había ingresado con un tumor maligno inoperable en el cuello que le desapareció inexplicablemente tras desarrollar erisipela, enfermedad infectocontagiosa aguda y febril producida por estreptococos (fundamentalmente por el Streptoccus pyogenes que afecta sobre todo a la piel). Coley decidió entonces averiguar si ese hombre aún vivía, lo buscó y acabó encontrándolo en el bajo Manhattan. Se trataba de un inmigrante alemán llamado Stein y tras quedar con él comprobó que no mostraba signo residual alguno del tumor.

Animado por el descubrimiento proseguiría la búsqueda encontrando en la literatura científica otras referencias. Entre ellas un artículo aparecido el 13 de marzo de 1868 sobre un experimento efectuado en la BerHner Klinische Wochenschrift por el Dr. Wilhelm Busch que había tratado a un paciente con cáncer induciéndole fiebre y logrando así la desaparición del tumor. Terapia que se le ocurrió probar tras haber observado que en algunos pacientes con sarcomas en cara y cuello éstos desaparecían al contraer erisipela.

Posteriormente averiguaría que en 1883 el Dr. Friedrich Fehleisen había identificado la causa de esa enfermedad -su trabajo se publicó con el título Die Etiologie des Erysipels (La etiología de la erisipela)- que achacaría al Streptococcus erysipelatos (posteriormente denominado Streptococcus pyogenes). De hecho cultivó bacterias vivas de Streptococcus erysipelatos en laboratorio y las inoculó tanto a perros -primero- como a humanos provocándoles a ambos erisipela. Tratándose en el caso de éstos de 7 pacientes desahuciados con cánceres inoperables. ¿El resultado? En seis de ellos desaparecieron los tumores… aunque no todos sobrevivieran a la infección.

Coley daría asimismo con el trabajo Die HeUwirkung des Erysipel auf Geschwulste (El efecto curativo de la erisipela en tumores) del Dr. Paul Von Bruns -publicado en 1888 en Beitráge zur klinischen Chirurgie– en el que se da cuenta de 14 pacientes con cáncer avanzado a los que en tres casos de sarcoma la erisipela hizo también desaparecer sus tumores.

En fin, el caso es que Coley llegaría a encontrar en la literatura 47 trabajos que documentaban el efecto beneficioso de las infecciones en el tratamiento de tumores así que en 1891 se decidió a inyectar estreptococos a un inmigrante italiano llamado Zola que presentaba en su amígdala derecha «un tumor del tamaño de un pequeño huevo de gallina» al que le diagnosticaron unas semanas de vida. Y para asombro de Coley y de sus colegas el experimento funcionó: hubo regresión completa y el hombre vivió otros 8 años. Lógicamente animado decidió tratar a otros dos pacientes con sarcomas de huesos largos y éstos remitieron… pero sus pacientes murieron a consecuencia de la infección.

Ese mismo año -1891- publicaría en Annals of Surgery un artículo titulado Contribution to the knowledge of sarcoma (Contribución al conocimiento del sarcoma) contando sus primeras experiencias en el que incluyó un apartado específico: El efecto curativo de la erisipela en la enfermedad maligna. Capítulo en el que, obviamente, hacía referencia al importante papel de la fiebre. Esta era su opinión: «La fiebre es solo un factor del proceso curativo pero no precisamente insignificante. Numerosas observaciones han constatado que hace disminuir de tamaño los tumores -benignos y malignos- cuando aparece por causa de diversas enfermedades infecciosas; entre ellas, la escarlatina, el tifus, el cólera e, incluso, la piemia«.

LA INFECCIÓN COMO TRATATAMIENTO

Ahora bien, consciente del peligro de los bacilos vivos Coley se planteó usar solo organismos muertos infiriendo que los más adecuados eran el Streptococcus pyogenes  y la Serratia marcescens desarrollando con ellos un producto que con el tiempo pasaría a ser conocido indistintamente como Vacuna de Coley, Toxina de Coley o Fluido de Coley.

En 1893 trataría con él a 10 pacientes obteniendo buenos resultados en la mayoría de los casos. Y en 1916 publicó una monografía documentando 80 casos más. Al final de su carrera -en 1933- los casos tratados superaban el millar -principalmente sarcomas óseos y tumores de tejidos blandos inoperables- habiendo escrito más de 150 artículos sobre el tema en los que siempre destacó el papel clave que en el tratamiento tiene la fiebre. Cabe añadir que a lo largo de este tiempo Coley entendió que las dosis debían personalizarse en función de cada paciente comprobando asimismo que el producto es más eficaz si se administra diariamente a lo largo de varios meses a fin de provocar fiebre en varias ocasiones dejando entre esos episodios pequeños intervalos. Aseguraba que ello prevenía además posibles recidivas.

Las buenas expectativas llevarían pronto a la comercialización del producto -encargándose de ello en 1899 la compañía Parke Davis & Company– siendo éste ampliamente utilizado durante los siguientes 30 años a pesar de no contar con respaldo oficial. Más bien todo lo contrario: cinco años antes -en 1894- el producto había sido duramente atacado en el Diario de la Asociación Médica Americana (JAMA): «Puede hablarse sin problema del fracaso de las inyecciones de toxinas como cura para sarcomas y tumores malignos -se afirmaba en él-. Durante los últimos seis meses el presunto remedio fue fielmente utilizado por muchos cirujanos sin que hasta ahora se haya reportado un solo caso bien autentificado de recuperación«. Es más, quien fuera su jefe durante muchos años, el doctor James Ewing -quizás el más famoso patólogo del cáncer del país y un fanático defensor de la Radioterapia en el tratamiento de todos los tumores óseos-, negó a Coley el permiso para utilizar en el hospital su producto a pesar de ser el cirujano del país con más experiencia en el tratamiento del Sarcoma de Ewing.

¿Y por qué? Pues para salvaguardar intereses. De hecho tanto Ewing como los demás miembros responsables del primer registro de tumores óseos que se creó en 1920 objetaron a fin de evitar incluir en él las recuperaciones logradas por Coley que todos esos casos de presunta recuperación obedecían a ¡diagnósticos erróneos! La misma falacia que luego utilizaron durante décadas los oncólogos para desprestigiar todo producto o terapia que pudiera hacer la competencia a las que a ellos les proporcionaban pingües beneficios. Pero no importó porque siempre hay quien utiliza su cerebro en lugar de vivir de «opiniones prestadas». Tales fueron los casos -entre otros- de los famosos hermanos William James Mayo y Charles Horace Mayo -cofundadores en Minnesota de la prestigiosa Clínica Mayo– y del cirujano ortopédico Henry W. Meyerding. Los tres demostraron que las tasas de supervivencia entre los pacientes con cáncer óseo son muy superiores cuando además de cirugía se utiliza conjuntamente ese producto. No puede por ello extrañar que 40 años después JAMA rectificara y en 1934 reconociera que «la toxina de Coley» podía ser de gran valor: «Las toxinas combinadas de la erisipela y la prodigiosa (serratia) pueden jugar a veces un papel significativo en la prevención del cáncer y retardar la recurrencia de metástasis malignas; puntualmente pueden incluso ser curativas en tumores inoperables sin remedio«.

Pues bien, a pesar de ello el uso de la Toxina o Vacuna de Coley fue disminuyendo progresivamente tras su muerte en 1936. Sin duda por el auge del uso de la radiación -que comenzó a utilizarse en 1896-y, a partir de 1940, de la quimioterapia. Terapias que se convertirían en pilares del tratamiento del cáncer porque requerían un tratamiento menos personalizado y sus resultados eran más inmediatos y predecibles. Aunque pronto se hiciera evidente que de corta duración porque los enfermos terminan muriendo. Además, el uso masivo de antibióticos en la cirugía a partir de 1950 hizo disminuir las posibilidades de infección y, por tanto, de posibles recuperaciones «anecdóticas» por esta vía.

En suma, en 1952 la Park Davis&Company dejó de producir la Toxina de Coley y posteriormente la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) de Estados Unidos se negó en 1962 a autorizarla como medicamento ¡a pesar de haber sido utilizada durante casi medio siglo!

William Donald Regelson, oncólogo, académico y profesor de la Universidad Commonwealth de Virginia (EEUU), escribió en 1980 en JAMA un artículo titulado La «gran conspiración» contra la cura del cáncer para intentar desmentir que la misma existiera pero en él cita tres ejemplos de claros «errores» cometidos por el establishment oncológico y según asevera uno de ellos fue la valoración de la Toxina de Coley «No hay duda -escribió- de que juicios inapropiados han resultado perjudiciales para buenos planteamientos: si analizamos la Toxina de Coley, tratamiento de hace un siglo mediante endotoxina bacteriana pirógena contra el cáncer, vemos que ese enfoque válido fue falsamente etiquetado por la Sociedad Americana del Cáncer como ‘remedio de curanderos’».

En suma, la Vacuna de Coley no llegó a ocupar el lugar que merecían sus éxitos porque no se comprendió su mecanismo de acción y porque Coley, investigando, usó formulaciones diferentes y no todas resultaron igualmente eficaces; además, obviamente de por el apoyo oficial a la quimio y la radioterapia.

LA HERENCIA DE COLEY

Hoy, sin embargo, se admite que su intuición fue correcta. Gracias en buena parte al trabajo de su hija Helen Coley Nauts (1907-2001), fundadora del Cáncer Research Institute (CRI), que dedicó toda su vida al estudio de las toxinas de su padre junto a importantes oncólogos (como Lloyd Oíd, del Memorial Sloan Kettering Center). De hecho publicó 18 monografías entre las que destaca Histórical  5-yr survival rates, publicada en 1984 y en la que se analizaron más de 897 casos de su padre dando cuenta de que en 500 de ellos hubo remisión del tumor. Siendo muchos los casos de total recuperación. En sarcomas de células gigantes inoperables vivió más de 5 años el 79%, en melanomas no operables el 60%, en cáncer de pecho no quirúrgico el 60% y en linfomas no Hodgkins inoperables el 49%. En cuanto a los casos de cánceres operables diría: «Estudiando los porcentajes de supervivencia tras cirugía sola y cirugía combinada con las toxinas en cánceres operables de diversos tipos -testículos, mama, cabeza y cuello por ejemplome encontré con una supervivencia a cinco años del 80% cuando las toxinas se administran razonablemente bien, con la frecuencia y dosis adecuadas. Un porcentaje mucho más alto del que puede obtenerse con los mejores procedimientos quirúrgicos, con o sin radiación«. Cabe añadir que otros estudios retrospectivos sobre melanomas, cáncer de testículo, linfosarcomas y otros arrojaron resultados similares.

Lloyd Oíd, colaborador suyo -es director médico del Cáncer Research Institute (CRI) y fue director asociado del Memorial Sloan Kettering– escribiría por su parte: «Quienes hemos analizado los resultados de Coley tenemos pocas dudas de que estas toxinas bacterianas son muy eficaces en algunos casos”.