Convertir basura en alimentos y llevarlos de la finca a la mesa con una sencilla aplicación: este par de experiencias muestran que con tecnología e innovación es posible construir negocios rentables para los campesinos.

2018/02/02

No es una novedad decir que el campo colombiano está rezagado. Históricamente, las características propias del sector, los problemas de conectividad y los retos de gobernabilidad a nivel regional han dificultado la adopción de técnicas innovadoras en los territorios más apartados y han afectado la productividad agraria. Según datos del Banco Mundial, el valor agregado por trabajador -una medida económica utilizada comúnmente como índice de la productividad- es más bajo que el de países de la región como Ecuador, Chile o Costa Rica.

En el país, son pocos los innovadores que llevan a cabo proyectos productivos que transforman la realidad del sector y mejoran las condiciones de vida de los campesinos. Un estudio reciente realizado en conjunto por la Universidad Jorge Tadeo Lozano, la Universidad de los Llanos, la Universidad de Córdoba y la Universidad de Medellín que pretendía medir el nivel de innovación en diferentes cadenas productivas en el campo colombiano, encontró que el 48% de los productores posee un índice muy bajo de innovación, mientras que solo el 5% es líder en este aspecto.

Para Bladimir Guaitero, investigador del estudio, esto tiene que ver con dos aspectos. Por un lado, la volatilidad de los precios en varias cadenas productivas, lo que afecta el interés de los productores por invertir en innovación. “En cadenas productivas como la papa y el tomate, que son tan volátiles, se genera un ambiente donde el productor solo piensa en sobrevivir a los precios bajos y esperar que mejore el mercado”, dice.

Por otro lado, hay que darle más importancia al mercado. “La ciencia y la tecnología siempre se ha hecho en temas que son muy técnicos y propios del cultivo, como el manejo de plagas y enfermedades y de pronto hemos descuidado todo lo que tiene que ver con la mercadotecnia”, agrega.

Por eso, aunque son pocas, vale la pena rescatar las experiencias de quienes se animan a seguir el complicado camino del emprendimiento agropecuario. Semana Sostenible presenta dos iniciativas significativas que están transformando la realidad del campo.

Comproagro: El ‘eBay’ campesino

A sus escasos 15 años, los hermanos Ginna y Brayan Jiménez tuvieron una idea que revolucionó el sector agrícola de su municipio.

Por años, estos mellizos de Toca, Boyacá, sufrieron en carne propia los problemas típicos del campo colombiano: los bajos precios agrícolas y las malas temporadas, que obliga a trabajar por meses a pérdida. Junto con su madre cultivaban papa y cebolla cabezona en una pequeña finca familiar, y un día se ingeniaron un sistema de producción con el fin de mejorar los ingresos que recibían. Lo lograron cuando cortaron los intermediarios.

En Colombia, muchas cadenas productivas pueden tener hasta cinco o seis intermediarios entre el productor y el consumidor. Acopladores, transportadores, mayoristas y minoristas generan un sobrecosto que afecta las ganancias de los cultivadores, quienes se ven forzados a vender sus productos hasta cinco veces más baratos que su precio final.

Por eso en 2013, después de hacer un curso de programación en el Sena, Ginna Jiménez creó una plataforma digital que contacta a los productores agrícolas directamente con los compradores finales. La idea es tan sencilla que sorprende que no la hayan pensado antes. Los productores se registran gratuitamente e ingresan el producto. Los compradores pueden filtrar la oferta por el lugar de origen y contactar directamente a los vendedores. Estos se ponen de acuerdo en el precio y método de entrega y listo, se ahorran dos o tres intermediarios en la cadena. Como un eBay del agro.

“Comenzamos cuando teníamos 15 años con mi hermano, pero muchas personas no nos creían. En el campo es difícil llegarle a un campesino de 40 años a decirle que ofrezca sus productos por plataforma web”, cuenta Ginna, quien recuerda lo duro que resultó arrancar el emprendimiento. En 2014 se ganaron una convocatoria del programa Apps.co del Ministerio de Tecnologías de la Información y Comunicación (MinTIC) y obtuvieron la asesoría que necesitaban para despegar el negocio. “Ahora nuestra estrategia es llegar a los hijos o los nietos, quienes sí saben manejar internet, y son ellos los que registran los productos de sus familiares”, dice la joven emprendedora.

Hoy, Comproagro.com se ha convertido en una de las innovaciones jóvenes más aclamadas del campo colombiano. El año anterior se ganó el Bayer Young Community Innovators (Byci), una convocatoria dirigida a jóvenes innovadores de los países andinos, y el Premio de la Fundación El Nogal “Jóvenes y construcción de paz”. El crecimiento ha sido tal, que ya tienen más de 7.100 usuarios inscritos.

No es que haya logrado cortar la totalidad de intermediarios de la cadena productiva, admite Ginna, pero sí ha reducido su número a una pequeña cantidad, conectando a productores con los mayoristas -quienes, generalmente, tienen la capacidad de asumir el transporte de los productos-. Esto permite, en promedio, unos ingresos  20 % superiores a  los obtenidos por la mayoría de productores. Si antes vendían una cosecha de cebollas (unos 36 bultos) en cinco millones de pesos (1.172’57 €), ahora la venden en seis (237 €+).

Para los Jiménez, ahí radica la rentabilidad del negocio. Como no cobran por el servicio que presta Comproagro, sus ganancias vienen de la mejor utilidad que reciben como productores con su propia aplicación. Además, crearon un centro de acopio en donde emplean a 30 madres cabezas de familia de la región para pelar, arreglar y empacar cebolla, papa y mora y venderlas en grandes supermercados como el Grupo Éxito, con el que hicieron una alianza este año.

“Ellas no tenían la oportunidad de un trabajo en el campo porque lo que se hace allá es sacar papa, y obviamente a ellas no les rinde porque no pueden cargarse un bulto. Además el campo es muy machista, y la mujer tiene que quedarse a cuidar los animales y tenerle la comida al marido y a los hijos”, cuenta Ginna. “Lo que hacemos es permitirles un horario flexible que les sirva, para que puedan aportar al hogar sin descuidar las tareas de la casa”, agrega.

El negocio es familiar. Ginna se ocupa de los aspectos técnicos del portal (una labor que intercala con las clases de ingeniería industrial en la Universidad de Boyacá); Rosalba, su mamá, se encarga de la administración del negocio, y su hermano Brayan se encarga de los aspectos operativos del centro de acopio.

Actualmente, están en conversaciones (negociando) con varios restaurantes de cadena en Bogotá para ser sus proveedores y así generar más empleo en su municipio.

Bancalimentos: Convertir basura en comida

Cuando la mamá de Olga Bocarejo barría la casa solía decir con sorna: “¡si tan solo todo ese mugrero (suciedad) que uno saca se volviera plata o comida!”. Y por qué no, pensaba Olga, quien desde hace años soñaba con convertir los desechos en ganancias. Quería atacar dos grandes problemas que veía en las zonas rurales de Boyacá: la falta de un sistema de eliminación de desechos, que obliga a los campesinos a quemar su basura, y las precarias condiciones alimentarias con las que vive buena parte de la población. Y lo logró.

En 2015, después de cinco emprendimientos fallidos, esta bogotana radicada en el municipio de Zetaquirá, Boyacá, y su esposo decidieron hacer este proyecto una realidad. Ahí fue cuando fundaron Bancalimentos, un negocio familiar que busca convertir la basura en seguridad alimentaria. ¿Cómo? Empezaron canjeando comida, útiles escolares, medicamentos, insumos agrícolas y todo tipo de bienes fundamentales a cambio de los desechos que generaban sus vecinos.

Los zetaquirenses podían llevar sus residuos, sólidos u orgánicos, y cambiarlos por un crédito redimible con cualquiera de los productos que ofrece Bancalimentos. Luego, la empresa procesaba todos esos residuos y los vendía como materia prima. Con la suela de los zapatos hacen material para la fabricación de accesorios de oficina; con los neumáticos, insumos plásticos para la industria textil; y con la uchuva (fruta con estrías), el mango y el banano que no se vende, elaboran harinas y mermeladas. “Si  recibimos un residuo que no podamos transformar, empezamos a buscar la empresa a la que le pueda interesar”, agrega Bocarejo.

También se inventaron un seguro nutricional en conjunto con Seguros de Vida del Estado. Con este, los asegurados aportan mensualmente cierta cantidad de desechos equivalentes a 1.500 pesos (0,35 € ) para recibir 16.000 pesos (3,83€) en alimentos por cada día que estén enfermos y no puedan trabajar. Si están en cuidados intensivos tienen derecho a 32.000 pesos (7,67 €) diarios. Además, a las mujeres embarazadas les otorgan 100.000 pesos (24 €) en alimentos una vez que tienen a sus hijos.

Según cuenta la emprendedora, la repentina aceptación del negocio los cogió desprevenidos. En poco tiempo comenzaron a recibir hasta 300 clientes diarios llenos de bolsas de residuos.

El éxito fue tal que en menos de seis meses se ganaron el premio a la Mejor iniciativa para superar la pobreza de Ventures 2015 y el Premio Beatriz Linares de la Agencia Nacional para la Superación de la Pobreza Extrema (Anspe).

Sin embargo, su repentino ascenso también les trajo problemas. Como competían a precios más bajos en el mercado, recibieron una serie de amenazas por correo electrónico y celular en los que les ordenaban que se fueran del municipio, que dejaran de “chimbiar”  (joder, causar problemas) y que no pusieran “en riesgo a sus hijos”.

Por otro lado, su crecimiento rápido en esa región de Boyacá, conocida como Provincia de Lengupá (donde llegaron a tener hasta 12 franquicias), también puso en peligro la sostenibilidad del negocio. En primer lugar, porque en sus otros puntos contrataron a madres cabeza de familia, pero por su desconocimiento de las normas, lo hicieron por prestación de servicios, una forma contractual que no respondía a la naturaleza del negocio y con la que se arriesgaban a una demanda.

Y en segundo lugar, porque la acogida fue tal que no dieron abasto. En algunos locales se quedaron sin productos básicos como arroz y aceite, o sin la capacidad de almacenar adecuadamente los desechos. Por estas razones, a finales de 2016 tuvieron que cerrar operaciones para replantear su negocio.

Afortunadamente, ese mismo año recibieron el premio Social BCG-Yunus, con el cual obtuvieron una asesoría de Boston Consulting Group que les ayudó a manejar esas situaciones. Además, les sirvió para ajustar la estructura administrativa del negocio. Como cuenta Bocarejo, ellos no son economistas ni saben de modelos de negocios; “somos empíricos”, afirma. La reconocida consultora internacional les ayudó a reconocer las falencias de su negocio.

Recientemente, a principios de diciembre, la nueva versión ‘recargada’ de Bancalimentos reabrió en ocho puntos en el municipio de Ramiriquí, con las alianzas comerciales y la estructura organizativa de la que carecían antes. Eso sí, Olga deja claro que la idea es volver a su municipio y al resto de Boyacá “cuando mostremos el terreno para los inversionistas y obtengamos la financiación que necesitamos”.

https://sostenibilidad.semana.com/impacto/articulo/comproagro-y-bancalimentos-iniciativas-para-devolverle-la-vida-al-campo-colombiano/39424

13/01/2021