Una planta de transformación de desperdicios en energía en Adís Abeba provoca protestas de los recicladores y evidencia el conflicto social derivado de la privatización de residuos sólidos urbanos

Según el Banco Mundial, el 37% de los empleos urbanos en Etiopía provienen del sector informal. Francisco Anzola

Gemma Solés i Coll

La Bisbal d’Empordà – 04 mar 2020 – 18:53 CET

El basurero más grande de Etiopía —llamado Koshe, que significa «sucio» en amárico— sufrió un desprendimiento masivo de tierras en marzo de 2017. El derrumbe de los desechos, en los que trabajaban decenas de recolectores de basura, causó la muerte de 48 de estos trabajadores del sector informal. Como en tantas otras ciudades en países de renta baja, la mala gestión de los desechos urbanos en Adís Abeba evidenciaba un reto abismal tanto para la salud pública como medioambiental. Tan solo unos meses más tarde, en agosto de 2018, en el mismo vertedero, se inauguraba la planta de incineración Reppie, la primera de su tipo en África. Se iniciaron entonces las primeras operaciones para transformar la basura de Koshe en electricidad para los más de tres millones de residentes de la capital etíope.

La falta de inversión pública en servicios básicos y en la gestión de desperdicios de muchas ciudades africanas provoca, entre otras consecuencias, la quema de residuos que contribuye a elevar los niveles de contaminación del aire. Asimismo, la mala administración de desechos urbanos causa la obstrucción de ríos y desagües en época de lluvias, y por tanto el estancamiento de aguas residuales, que acaban siendo caldo de cultivo para la propagación de enfermedades como la malaria, el tifus, el virus del zika o el dengue.

Con una instalación que le ha costado al Gobierno etíope 120 millones de dólares, Adís Abeba se ha puesto a la cabeza de la sostenibilidad ambiental en materia urbana. Ubicada a ocho kilómetros de la sede de la Unión Africana, en un espacio de siete hectáreas dentro de las 37 que ocupa el vertedero urbano de Koshe, Reppie ha transformado aquello que durante 50 años fue el único vertedero de la capital en una fuente de generación de energía limpia.

Construida por la Corporación Estatal de la Red Eléctrica China (CNEEC) y la empresa singapurense Cambridge Industries, la compañía Etíope de Energía Eléctrica se ha situado con este proyecto como un paradigma de modernización del tratamiento de los residuos sólidos municipales. A pesar de que es la CNEEC quién está a cargo de las operaciones y el mantenimiento de las instalaciones, se prevé que la capacitación de empleados etíopes y su preparación para operar la central recaerá totalmente en manos locales en 2021.

Contribuyendo a la mitigación de enfermedades y mejorando la calidad del aire en la ciudad, esta planta de energía ha adoptado una tecnología moderna de tratamiento de gases de combustión que garantiza, según CNEEC, que casi todos los óxidos de nitrógeno, dióxido de azufre, metales pesados y dioxinas producidos por la planta se reduzcan drásticamente. Además, Cambridge Industries Energy manifiesta que la planta funciona de manera segura dentro de los parámetros de emisiones de la Unión Europea.

Sin embargo, la entrada en acción de esta planta de incineración de basuras amenaza los medios de vida de los recicladores y recicladoras que vivían de la recolección de desechos porque quema materiales reciclables que ellos podían utilizar. Desde su inauguración, han sido varias las manifestaciones protagonizadas por grupos de recicladores de la ciudad, alegando a que la privatización de la basura urbana provoca la pérdida de medios de subsistencia e incrementa el desempleo, la informalidad y el riesgo de pobreza de la población más desfavorecida de la ciudad, especialmente de las mujeres. El problema afecta a entre 500 y 600 personas, y el conflicto social derivado de la construcción de la planta de incineración sigue latente a pesar del reconocimiento internacional del proyecto según el Atlas de Justicia Medioambiental,

«En lugar de estas tecnologías plagadas de fracasos en el mundo, la ciudad podría estar invirtiendo hace años en programas de educación y difusión para el reciclaje y compostaje con incorporación de recicladores que, abandonados a su suerte, hoy se encuentran sepultados bajo los residuos que la ciudad intentó ocultar» denuncia la asociación Gaia. Y recuerdan que el reciclaje proporciona medios de vida a 15 millones de personas en todo el mundo.

En todo el continente se están desarrollando diversas alternativas a las plantas de incineración como Reppie. Son proyectos basados en la economía circular que abogan por reducir, reutilizar y reciclar los desechos urbanos. Proyectos como el nigeriano Wecyclers, que abogan por el reciclaje a pedales, o experiencias enmarcadas dentro de la llamada economía verde, como las que se llevan a cabo en Kinshasa, demuestran la necesidad de un cambio de paradigma industrial del tratamiento de residuos que se ha practicado tradicionalmente en el Norte Global. El diseño regenerativo, derivado del reciclaje que se venía produciendo en Koshe, permitía la reutilización de desechos y ahorraba energía, protegiendo el medio ambiente y promoviendo la sostenibilidad económica. En pleno año de la justicia climática, los proyectos que representan una mejora a escala medioambiental deben incorporar las reivindicaciones ciudadanas para que se haga, a la vez, justicia social.

https://elpais.com/elpais/2020/02/27/seres_urbanos/1582799580_418386.html

9/10/2021